91 539 02 38

C/ Ribera de Curtidores, 3  28005 Madrid                     

Tfno: 91 539 02 38 – Fax: 91 527 03 02

Horario de Atención:

De Lunes a Jueves de 9:30 a 20:00 hrs.

Viernes de 9:30 a 15: 00 hrs.

C/ Moratines, 22 1º izda 28007 Madrid

Tno: 91 517 88 27 – Fax: 91 474 93 30

Horario de Atención:

De Lunes a Jueves de 9:30 a 20:00 hrs.

Viernes de 9:30 a 18:00 hrs

¡ NOTICIAS !

Agenda 2008: nueva convocatoria de cursos, jornadas y concursos

 
RESUMEN DE NOTICIAS

REVISTA DIGITAL

Nº 5 Año 2008

Números anteriores

¿Quiénes Somos?

¿Qué hacemos?

¿Dónde estamos?

¿Con quién trabajamos?

¿Cómo colaborar?

Servicios

Agenda

Publicaciones

Sala de Prensa

Empresas Colaboradoras

Mapa del sitio Web

Mujeres y Ciencia

Una de las Mujeres que más ha trabajado y trabaja porque la Ciencia no sea un sitio despojado de mujeres, es Eulalia Pérez Sedeño, catedrática de Lógica y Filosofía de la Ciencia y dedica gran parte de su actividad investigadora al Instituto de Filosofía del CSIC. Ha investigado en historia de la ciencia antigua y de las instituciones científicas, así como en filosofía de la ciencia. Actualmente trabaja en ciencia y valores, y en ciencia, tecnología y género; es autora y editora de numerosas publicaciones entre otras, sobre ciencia y tecnología desde la perspectiva de género.  

Vamos a recoger algunas de sus más importantes opiniones sobre el Género en la Ciencia, ya que un examen poco riguroso de la historia de la ciencia induciría a pensar que la mujer ha estado ausente del desarrollo de esta actividad a lo largo de la historia. Hipatia, Hildegarda de Bingen, Madame de Châtelet, y tantas otras mujeres científicas citadas en esta página web, desmienten esa afirmación.

En el año 1673 –dice Pérez Sedeño-- el cartesiano François Poullain de la Barre, afirmó que la mente, el intelecto no tiene sexo. Según él, los entonces recientes desarrollos de la anatomía mostraban la igualdad entre hombres y mujeres con respecto al cerebro y los órganos sensoriales. Si esto era así, ¿por qué no podían las mujeres desempeñar trabajos o puestos similares a los de los hombres? ¿por qué no ser, juezas, profesoras, embajadoras, militares, científicas o pensadoras?

La afirmación y pregunta de Poullain pretendía zanjar «empírica y científicamente» una vieja polémica sobre la educación y la igualdad de los sexos, surgida de la supuesta incapacidad, según unos, desinterés o ausencia de las mujeres de los «asuntos del conocimiento» según otros, y que habían sancionado ideológica y religiosamente los mitos de Eva y Pandora, filosóficamente, Platón y biológicamente Aristóteles.

Si examinamos la historia de la humanidad en sus diversas facetas, veremos que la mujer, en especial como grupo, raras veces aparece como protagonista. Desde luego, la opinión de la catedrática es que tal afirmación no se corresponde con los hechos, sino que es una distorsión histórica.

No hay que olvidar los sesgos habituales que padecen los historiadores: sus explicaciones o interpretaciones han de pasar por el tamiz de lo que el paso del tiempo ha permitido que les llegara y por el de quién decidió escribir o anotar qué cosas, con la subjetividad que eso conlleva. A todo ello hay que añadirle el hecho de que los historiadores han sido, por abrumadora mayoría, hombres, por lo que, en cierto sentido, la historia es masculina. Es hora de «devolver las mujeres a la historia y devolver nuestra historia a las mujeres», muy especialmente, en el caso de la historia de la ciencia.

Pérez Sedeño, indica que: “Cuando se habla de mujer y ciencia, la reacción inmediata es la de indicar la ausencia de mujeres en el desarrollo de esa actividad a lo largo de la historia. No obstante, resulta curioso que ese «hecho» se esgrima por quienes tienen una concepción caduca de la historia de la ciencia y sin que, quienes afirman tal cosa, hayan efectuado un examen serio de la historia de la ciencia.

Si lo hubieran hecho, no sólo hablarían, «irónicamente» además, de Madame de Châtelet, omitiendo, entre otras cosas, que su traducción de los Principia Mathematica permitió que el continente accediera al newtonianismo. Una mirada superficial les habría permitido descubrir a Aglaonike y a Hipatia, en la antigüedad, a Roswita e Hildegarda de Bingen, en la Edad Media.

A las italianas Maria Ardinghelli, Tarquinia Molza, Cristina Rocatti, Elena Cornaro Piscopia, Maria Gaetana Agnesi, y Laura Bassi.

A las anglosajonas Aphra Behn, Augusta Ada Byron Lovelace, Mary Orr Evershed, Williamina Paton Stevens Fleming, Margaret Lindsay Murray Huggins, Christine Ladd-Franklin, Henrietta Swan Leavitt, Annie Russell Maunder, Charlotte Angas Scott, Mary Somerville, Anna Johnson Pell Wheeler, Caroline Herschel y Maria Mitchell.

A las germanas Maria Cunitz, Elisabetha Koopman Hevelius, María y Christine Kirch.

A las francesas Jeanne Dumée, Sophie Germain, Nicole Lepaute.

O a otras científicas más recientes como Maria Goeppter Mayer, Sonya Vasilyevna Kovalevsky, Lise Meitner y Emmy Noether, por citar sólo unas cuantas de reconocido prestigio.”

La historia de la ciencia, como disciplina autónoma, aparece de la mano de autores como G. Sarton y de actos institucionales tales como la edición de la revista Isis, cuyo primer número se publica en marzo de 1913, y la fundación de la International Society for the History of Science en 1929. La estructura de las revoluciones científicas de T.S. Kuhn, publicada en 1962, puso de manifiesto la relevancia de su estudio para otras disciplinas y que, a la hora de analizar los procesos científicos, había que tener en cuenta todo tipo de factores, ya fueran lógicos, psicológicos, sociológicos, económicos o históricos.

Sin embargo, el papel de la mujer en la ciencia siguió siendo relegado, olvidado, por más que lo típico del nuevo campo estribara en considerar la relación existente entre ciencia y sociedad. Ni siquiera las historiadoras de la ciencia (Marie Boas, Martha Ornstein o Dorothy Stimson) prestaron atención a la mujer. Tampoco los historiadores encargados de explorar los orígenes de la ciencia moderna incluyeron este aspecto en sus estudios, aunque sí se ocuparon de otros muchos, como los religiosos, de clase, de edad, etc.

Durante la Edad Media, siguiendo las teorías de Aristóteles y Galeno, se justificó el apartamiento de las mujeres de la Ciencia en base a su naturaleza. Su biología, a decir de muchos entre los cuales destaca Fray luis de León les impide el raciocinio “porque son frías y húmedas y eso daña el cerebro”, mientras que los hombres son secos y calientes, lo cual favorece la razón.

No obstante, el humanismo, con Luis Vives, defendía la instrucción de la mujer cristiana, siempre y cuando no ejerciera profesional o públicamente. Sólo años más tarde, en 1678, apareció un panfleto, “Advice to the women and Maidens of London”, que exhortaba a las mujeres a rechazar las labores domésticas y a dedicarse a estudiar matemáticas y contabilidad. La autora –desconocida, aunque en la portada aparece la expresión «por una de ese sexo»– consideraba que las mujeres que estuvieran capacitadas en esas materias serían más independientes.

No fue la primera, ni la única, ya que con anterioridad otras mujeres hablaron a favor de la educación de las mujeres de forma no anónima. De entre las primeras, Christine de Pizan (circa 1364-1430), Bathusa Makin (nacida hacia 1600), Marie le Jars de Gourney (1565-1645) o Mary Astell (1668-1731), todas ellas firmes partidarias de la igualdad de las mujeres.

Según, Pérez Sedeño, aunque no haya muchos documentos que recojan sus aportaciones, hay varios hechos que demuestran el interés, desde la revolución científica, de las mujeres por la ciencia:

1)    Las sátiras contra las mujeres “intelectuales” se convierten en un género muy difundido: “Las mujeres sabias” de Moliere. Otras específicamente dirigidas contra las «mujeres de ciencias», como “Satire contre les femmes” de N. Boileau-Despreaux (1694), escrita contra Mme. de La Sabliere y donde se la describe, semijorobada, observando Júpiter, astrolabio en mano, hecho al que se atribuía su semiceguera y mala figura; “The Female Virtuosos”, de Thomas Wright (1693), en la que las mujeres descubrían hechos obvios y planteaban actuaciones ridículas y estúpidas o, seguramente la más amarga de todas, “Humours of Oxford”, de James Miller (1726), donde la protagonista, una insensata que ha osado pretender obtener conocimiento por medio del estudio y la dedicación a la ciencia y la filosofía, admite finalmente su locura, sus pretensiones ridículas y su vuelta al redil de la ignorancia.

2)     La aparición de las revistas científicas para damas. La inglesa “Athenian Mercury”  salía dos veces por semana y en una de sus secciones se daba respuesta a las preguntas de las lectoras, siendo tantas que los editores tuvieron que rogar que dejaran de enviar preguntas a la sección; entre 1704 y 1840 se editó “The Ladies Diary: or the Woman Almanack”, “Containing many Delightful and Entertaining Particulars”, “Peculiarly adapted for the Use and Diversion of the Fair-Sex”.

Esta revista tenía información de almanaque, así como artículos de astronomía, problemas de aritmética para ser resueltos por las lectoras y «puzzles» lingüísticos, a cuya solución se otorgaban premios. Posteriormente se añadieron problemas que planteaban las propias lectoras, algunos de los cuales muestran una gran perspicacia y profundos conocimientos. Otro ejemplo es “The Female Spectator”, publicada de 1744 a 1746, editada por Eliza Haywood y que alcanzó en su corta existencia gran popularidad en Inglaterra y Norteamérica. En el número del 27 de abril de 1745, Haywood recomendaba a las lectoras que siguieran los principios de la filosofía experimental de F. Bacon, es decir, que efectuaran por sí mismas los experimentos, dejando a un lado especulaciones inútiles sobre las obras de otros «filósofos». Las instruía en el uso del microscopio y las animaba a examinar gusanos, insectos y otros especímenes, esperando que sus descubrimientos ampliaran los límites de la ciencia. Una colección de artículos de esta revista fueron reimpresos varias veces en forma de libro, entre 1747 y 1775.

3)     A partir de la Revolución Científica, las popularizaciones cobraron gran importancia. Hasta ahora sólo habían existido los grandes tratados científicos. Por ejemplo, las teorías mecanicistas de Descartes fueron dadas a conocer a un público más amplio gracias a “La pluralidad de los mundos” de Bernard Le Bovier de Fontenelle (1657-1757). La obra de Fontenelle, dedicada como era muy habitual a una dama, tuvo mucho éxito –entre otras cosas, porque hablaba de la posibilidad de extraterrestres--, y fue traducida al inglés por una mujer: Aphra Behn (1640-1689).

4)     Aparecieron también libros de divulgación científica para damas. Uno de los más famosos es “Il newtonianismo per le dame”, de Francesco Algeroti (publicado en 1737), en el que se expone la óptica y física newtoniana. Obsérvese cómo, en esta ocasión, en el título se explicita la audiencia a la que va dirigida. Sin embargo, no todas las popularizaciones dirigidas a las señoritas eran de hecho divulgaciones. Por ejemplo, Charles Leadbetter dedicó su “Astronomy: or the True System of the Planets Demonstrated” (1727) a  Catherine Edwin, quien, según afirma el autor, tenía «gran erudición y habilidad en ciencias matemáticas, en especial en las celestes»; y así debía ser, a juzgar por la obra, plena de tablas astronómicas, complejos cálculos matemáticos y toda una serie de tecnicismos, mucho más de los usuales en los otros libros «para damas».

5)     También las mujeres escribieron libros de divulgación científica. Jane Marcet (1769-1858). La primera obra que publicó Jane Marcet fue Conversations on Chemistry. In Which The Elements of That Science Are Familiarly Explained and Illustrated by Experiments and Plates y rápidamente se convirtió en un éxito, llegando a alcanzar varias reediciones. Con gran éxito también publicó “Conversations on Natural Philosophy”, que rápidamente llegó a la cuarta edición, y “Conversations on Vegetable Phisiology; Comprehending the Elements of Botany, with Their Application to Agriculture”, en dos volúmenes.

Distintas investigaciones sitúan el alejamiento de las mujeres del mundo científico en el momento en que la Ciencia se institucionaliza. Con anterioridad, en 1570 los hombres más eruditos y “algunas damas” (entre las que destacaban Claude-Catherine de Clermont, marquesa de Retz, y Madame de Lignorelles) se reunían dos veces por semana en la Academia de Palacio de Enrique III para cultivar la filosofía, la ciencia, la poesía, la geografía, la matemática o la pintura.

Paralelamente y con posterioridad hay 3 salones literarios, considerados el origen de la institucionalización del sistema de academias francés, y más en concreto de la “Academia Francesa”. En estos salones brillaban con luz propia mujeres que, aunque premiadas, nunca llegaron a ser admitidas en la Academia Francesa: Mademoiselle de Scudéry, Madame des Houlières, Madame Dacier, y otras.

En Inglaterra, las mujeres vivieron prácticamente lo mismo con la “Real Academia de las Ciencias”. Ellas formaban parte de los círculos, salones o reuniones científicas pero luego no eran admitidas al institucionalizarse y dejar la ciencia de ser un interés privado e individual. A pesar de que en 1840, de los 600 componentes de la Real Academia de las Ciencias , sólo 100 eran científicos, a las mujeres se las juzgaba por otro rasero impidiéndoles la entrada por su amateurismo. Eso les ocurrió a Margaret Cavendish o a Caroline Herschell.

Pero la situación descrita no sucedió sólo en los inicios. De hecho, la Académie des Sciences de París se negó a admitir a Marie Curie un año antes de que le concedieran el premio Nobel, recordándose, además, que tampoco se había permitido la entrada a Sophie Germain ni a George Sand en la Academie Française. Pero, dicho sea de paso, ¿qué se puede esperar de un sistema, una de cuyas instituciones se negó a reformar la intrincada ortografía francesa, aduciendo que entonces «no se distinguiría a las meras mujeres de los sabios que saben latín»?

  • Más de tres siglos, 313 años, tardó en entrar la primera mujer en la Academia Francesa de las Ciencias, que había sido fundada en 1666. Fue Ivonne Choquet-Bruhat y lo hizo en 1979.

  • Casi tres siglos también tardaron en entrar las mujeres (Marjory Stephenson y Kathleen Londsdale) en la Royal Society inglesa, en concreto en 1945.

  • Liselotte Welkskopft, se convirtió en 1964, en la primera mujer miembro de pleno derecho de la “Akademie der Wissenschaften” de Berlín. Antes, sólo a título honorífico estuvo Lise Meitner en 1949. Desde su creación en 1700 hasta 1964 sólo 10 mujeres consiguieron tal “privilegio”.

  • Las primeras mujeres españolas en entrar en las academias científicas nacionales fueron María Cascales (Academia de Farmacia, en 1987) y Margarita Salas (que leyó su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en 1988).

Según la profesora Eulalia Pérez Sedeño, ante la imposibilidad de acceder a las instituciones educativas y científicas a lo largo de la historia y la escasa presencia de mujeres en la práctica científica, sociólogas/os e historiadoras/es han llegado a diversas conclusiones:

Por un lado, que las mujeres eran –son– admitidas prácticamente como iguales hasta que una actividad se institucionaliza y profesionaliza y que el papel de las mujeres en determinada actividad es inversamente proporcional al prestigio que reviste.

Por otro, se han apreciado dos formas fundamentales de discriminación, la territorial y la jerárquica. Por la primera, las mujeres quedan relegadas a disciplinas y trabajos concretos, marcados por el sexo, como la clasificación y catalogación en historia natural o la computación de datos en astronomía. No es que haya mujeres concretas o individuales a las que no se les reconozca su valía, sino que esa falta de estatus y reconocimiento se extiende a tareas o campos completos, que están sumamente «feminizados» y a los que se les atribuye menor valor y se los contempla como rutinarios o poco importantes, por el hecho de ser realizados por mujeres.

En virtud de la denominada discriminación jerárquica, mujeres brillantes y capaces son mantenidas en los niveles inferiores del escalafón o topan con un «techo de cristal», que no pueden traspasar en su profesión. Es decir, soportan formas encubiertas de discriminación que siguen pautas muy sutiles y, en muchos casos, inconscientes y ocultas para quienes ejercen la discriminación.

Y concluye que “Incluir en condiciones de igualdad a las mujeres y alcanzar la equidad en la ciencia y la tecnología no sólo es una cuestión de números: la pérdida –o no admisión– del cincuenta por ciento de la humanidad significa que nuestra visión del mundo ha sido, y es, parcial. La entrada masiva de mujeres en la actividades científicas y tecnológicas tiene que producir, necesariamente, efectos beneficiosos en la ciencia, en sus prácticas y en sus instituciones”.

 

Copyright  @ FMP (Federación Mujeres Progresistas)

Si tiene problemas o preguntas relacionadas con este sitio Web, póngase en contacto con la dirección fmp@fmujeresprogresistas.org

Este sitio web está optimizado para una resolución 1024 x 768.