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Mujeres
y Ciencia
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Una
de las Mujeres que más ha trabajado y trabaja porque la Ciencia no sea un
sitio despojado de mujeres, es Eulalia
Pérez Sedeño, catedrática
de Lógica y Filosofía de la Ciencia y dedica gran parte de su actividad
investigadora al Instituto de Filosofía del CSIC. Ha investigado en
historia de la ciencia antigua y de las instituciones científicas, así
como en filosofía de la ciencia. Actualmente trabaja en ciencia y
valores, y en ciencia, tecnología y género; es autora y editora de
numerosas publicaciones entre otras, sobre ciencia y tecnología desde la
perspectiva de género.
Vamos
a recoger algunas de sus más importantes opiniones sobre el Género en la
Ciencia, ya que un examen poco riguroso de la historia de la ciencia
induciría a pensar que la mujer ha estado ausente del desarrollo de esta
actividad a lo largo de la historia. Hipatia, Hildegarda de Bingen, Madame
de Châtelet, y tantas otras mujeres científicas citadas en esta página
web, desmienten esa afirmación.
En
el año 1673 –dice Pérez Sedeño-- el cartesiano François Poullain de
la Barre, afirmó que la mente, el intelecto no tiene sexo. Según él,
los entonces recientes desarrollos de la anatomía mostraban la igualdad
entre hombres y mujeres con respecto al cerebro y los órganos
sensoriales. Si esto era así, ¿por qué no podían las mujeres desempeñar
trabajos o puestos similares a los de los hombres? ¿por qué no ser,
juezas, profesoras, embajadoras, militares, científicas o pensadoras?
La
afirmación y pregunta de Poullain pretendía zanjar «empírica y científicamente»
una vieja polémica sobre la educación y la igualdad de los sexos,
surgida de la supuesta incapacidad, según unos, desinterés o ausencia de
las mujeres de los «asuntos del conocimiento» según otros, y que habían
sancionado ideológica y religiosamente los mitos de Eva y Pandora, filosóficamente,
Platón y biológicamente Aristóteles.
Si
examinamos la historia de la humanidad en sus diversas facetas, veremos
que la mujer, en especial como grupo, raras veces aparece como
protagonista. Desde luego, la opinión de la catedrática es que tal
afirmación no se corresponde con los hechos, sino que es una distorsión
histórica.
No
hay que olvidar los sesgos habituales que padecen los historiadores: sus
explicaciones o interpretaciones han de pasar por el tamiz de lo que el
paso del tiempo ha permitido que les llegara y por el de quién decidió
escribir o anotar qué cosas, con la subjetividad que eso conlleva. A todo
ello hay que añadirle el hecho de que los historiadores han sido, por
abrumadora mayoría, hombres, por lo que, en cierto sentido, la historia
es masculina. Es hora de «devolver las mujeres a la historia y devolver
nuestra historia a las mujeres», muy especialmente, en el caso de la
historia de la ciencia.
Pérez
Sedeño, indica que: “Cuando se habla de mujer y ciencia, la reacción
inmediata es la de indicar la ausencia de mujeres en el desarrollo de esa
actividad a lo largo de la historia. No obstante, resulta curioso que ese
«hecho» se esgrima por quienes tienen una concepción caduca de la
historia de la ciencia y sin que, quienes afirman tal cosa, hayan
efectuado un examen serio de la historia de la ciencia.
Si
lo hubieran hecho, no sólo hablarían, «irónicamente» además, de Madame
de Châtelet,
omitiendo, entre otras cosas, que su traducción de los Principia
Mathematica permitió que el continente accediera al newtonianismo. Una
mirada superficial les habría permitido descubrir a Aglaonike
y a Hipatia,
en la antigüedad, a Roswita
e
Hildegarda
de Bingen,
en la Edad Media.
A
las italianas Maria
Ardinghelli,
Tarquinia Molza, Cristina Rocatti, Elena Cornaro Piscopia, Maria Gaetana
Agnesi, y Laura Bassi.
A
las anglosajonas Aphra Behn,
Augusta Ada Byron Lovelace, Mary Orr Evershed, Williamina Paton Stevens
Fleming, Margaret Lindsay Murray Huggins, Christine Ladd-Franklin,
Henrietta Swan Leavitt, Annie Russell Maunder, Charlotte Angas Scott, Mary
Somerville, Anna Johnson Pell Wheeler, Caroline Herschel y Maria Mitchell.
A
las germanas Maria Cunitz,
Elisabetha Koopman Hevelius, María y Christine Kirch.
A
las francesas Jeanne Dumée,
Sophie Germain, Nicole Lepaute.
O
a otras científicas más recientes
como Maria Goeppter Mayer, Sonya Vasilyevna Kovalevsky, Lise Meitner y
Emmy Noether, por citar sólo unas cuantas de reconocido prestigio.”
La
historia de la ciencia, como disciplina autónoma, aparece de la mano de
autores como G. Sarton y de actos institucionales tales como la edición
de la revista Isis, cuyo primer número se publica en marzo de 1913, y la
fundación de la International Society for the History of Science en 1929.
La estructura de las revoluciones científicas de T.S. Kuhn, publicada en
1962, puso de manifiesto la relevancia de su estudio para otras
disciplinas y que, a la hora de analizar los procesos científicos, había
que tener en cuenta todo tipo de factores, ya fueran lógicos, psicológicos,
sociológicos, económicos o históricos.
Sin
embargo, el papel de la mujer en la ciencia siguió siendo relegado,
olvidado, por más que lo típico del nuevo campo estribara en considerar
la relación existente entre ciencia y sociedad. Ni siquiera las
historiadoras de la ciencia (Marie
Boas,
Martha
Ornstein
o Dorothy
Stimson)
prestaron atención a la mujer. Tampoco los historiadores encargados de
explorar los orígenes de la ciencia moderna incluyeron este aspecto en
sus estudios, aunque sí se ocuparon de otros muchos, como los religiosos,
de clase, de edad, etc.
Durante
la Edad Media, siguiendo las teorías de Aristóteles y Galeno, se
justificó el apartamiento de las mujeres de la Ciencia en base a su
naturaleza. Su biología, a decir de muchos entre los cuales destaca Fray
luis de León les impide el raciocinio “porque son frías y húmedas y
eso daña el cerebro”, mientras que los hombres son secos y calientes,
lo cual favorece la razón.
No
obstante, el humanismo, con Luis Vives, defendía la instrucción de la
mujer cristiana, siempre y cuando no ejerciera profesional o públicamente.
Sólo años más tarde, en 1678, apareció un panfleto, “Advice to the
women and Maidens of London”, que exhortaba a las mujeres a rechazar las
labores domésticas y a dedicarse a estudiar matemáticas y contabilidad.
La autora –desconocida, aunque en la portada aparece la expresión «por
una de ese sexo»– consideraba que las mujeres que estuvieran
capacitadas en esas materias serían más independientes.
No
fue la primera, ni la única, ya que con anterioridad otras mujeres
hablaron a favor de la educación de las mujeres de forma no anónima. De
entre las primeras, Christine
de Pizan
(circa 1364-1430), Bathusa
Makin
(nacida hacia 1600), Marie
le Jars de Gourney
(1565-1645) o Mary
Astell
(1668-1731), todas ellas firmes partidarias de la igualdad de las mujeres.
Según, Pérez Sedeño, aunque no haya muchos documentos que recojan sus
aportaciones, hay varios hechos que demuestran el interés, desde la
revolución científica, de las mujeres por la ciencia:
1)
Las
sátiras contra las mujeres “intelectuales” se convierten en un género
muy difundido:
“Las mujeres sabias” de Moliere. Otras específicamente dirigidas contra las «mujeres de
ciencias», como “Satire contre les femmes” de N. Boileau-Despreaux (1694), escrita contra Mme.
de La Sabliere
y donde se la describe, semijorobada, observando Júpiter, astrolabio en
mano, hecho al que se atribuía su semiceguera y mala figura; “The
Female Virtuosos”, de Thomas
Wright (1693), en la que las mujeres descubrían hechos obvios y
planteaban actuaciones ridículas y estúpidas o, seguramente la más
amarga de todas, “Humours of Oxford”, de James
Miller (1726), donde la protagonista, una insensata que ha osado
pretender obtener conocimiento por medio del estudio y la dedicación a la
ciencia y la filosofía, admite finalmente su locura, sus pretensiones ridículas
y su vuelta al redil de la ignorancia.
2)
La
aparición de las revistas científicas para damas.
La inglesa “Athenian Mercury” salía
dos veces por semana y en una de sus secciones se daba respuesta a las
preguntas de las lectoras, siendo tantas que los editores tuvieron que
rogar que dejaran de enviar preguntas a la sección; entre 1704 y 1840 se
editó “The Ladies Diary: or the Woman Almanack”, “Containing many
Delightful and Entertaining Particulars”, “Peculiarly adapted for the
Use and Diversion of the Fair-Sex”.
Esta
revista tenía información de almanaque, así como artículos de astronomía,
problemas de aritmética para ser resueltos por las lectoras y «puzzles»
lingüísticos, a cuya solución se otorgaban premios. Posteriormente se añadieron
problemas que planteaban las propias lectoras, algunos de los cuales
muestran una gran perspicacia y profundos conocimientos. Otro ejemplo es
“The Female Spectator”, publicada de 1744 a 1746, editada por Eliza
Haywood
y que alcanzó en su corta existencia gran popularidad en Inglaterra y
Norteamérica. En el número del 27 de abril de 1745, Haywood recomendaba
a las lectoras que siguieran los principios de la filosofía experimental
de F. Bacon, es decir, que efectuaran por sí mismas los experimentos,
dejando a un lado especulaciones inútiles sobre las obras de otros «filósofos».
Las instruía en el uso del microscopio y las animaba a examinar gusanos,
insectos y otros especímenes, esperando que sus descubrimientos ampliaran
los límites de la ciencia. Una colección de artículos de esta revista
fueron reimpresos varias veces en forma de libro, entre 1747 y 1775.
3)
A
partir de la Revolución Científica, las popularizaciones cobraron gran
importancia.
Hasta ahora sólo habían existido los grandes tratados científicos. Por
ejemplo, las teorías mecanicistas de Descartes fueron dadas a conocer a
un público más amplio gracias a “La pluralidad de los mundos” de Bernard Le Bovier de Fontenelle (1657-1757). La obra de Fontenelle,
dedicada como era muy habitual a una dama, tuvo mucho éxito –entre
otras cosas, porque hablaba de la posibilidad de extraterrestres--, y fue
traducida al inglés por una mujer: Aphra
Behn
(1640-1689).
4)
Aparecieron
también libros de divulgación científica para damas.
Uno de los más famosos es “Il newtonianismo per le dame”, de Francesco
Algeroti (publicado en 1737), en el que se expone la óptica y física
newtoniana. Obsérvese cómo, en esta ocasión, en el título se explicita
la audiencia a la que va dirigida. Sin embargo, no todas las
popularizaciones dirigidas a las señoritas eran de hecho divulgaciones.
Por ejemplo, Charles Leadbetter
dedicó su “Astronomy: or the True System of the Planets Demonstrated”
(1727) a Catherine Edwin,
quien, según afirma el autor, tenía «gran erudición y habilidad en
ciencias matemáticas, en especial en las celestes»; y así debía ser, a
juzgar por la obra, plena de tablas astronómicas, complejos cálculos
matemáticos y toda una serie de tecnicismos, mucho más de los usuales en
los otros libros «para damas».
5)
También
las mujeres escribieron libros de divulgación científica.
Jane
Marcet (1769-1858). La primera obra que publicó Jane Marcet fue
Conversations on Chemistry. In
Which The Elements of That Science Are Familiarly Explained and
Illustrated by Experiments and Plates y rápidamente se convirtió en un
éxito, llegando a alcanzar varias reediciones. Con gran éxito también
publicó “Conversations on Natural Philosophy”, que rápidamente llegó
a la cuarta edición, y “Conversations on Vegetable Phisiology;
Comprehending the Elements of Botany, with Their Application to
Agriculture”, en dos volúmenes.
Distintas
investigaciones sitúan el alejamiento de las mujeres del mundo científico
en el momento en que la Ciencia se institucionaliza. Con anterioridad, en
1570 los hombres más eruditos y “algunas damas” (entre las que
destacaban Claude-Catherine
de Clermont,
marquesa de Retz, y Madame
de Lignorelles)
se reunían dos veces por semana en la Academia de Palacio de Enrique III
para cultivar la filosofía, la ciencia, la poesía, la geografía, la
matemática o la pintura.
Paralelamente
y con posterioridad hay 3 salones literarios, considerados el origen de la
institucionalización del sistema de academias francés, y más en
concreto de la “Academia Francesa”. En estos salones brillaban con luz
propia mujeres que, aunque premiadas, nunca llegaron a ser admitidas en la
Academia Francesa: Mademoiselle
de Scudéry,
Madame
des Houlières,
Madame
Dacier,
y otras.
En
Inglaterra, las mujeres
vivieron prácticamente lo mismo con la “Real Academia de las
Ciencias”. Ellas formaban parte de los círculos, salones o reuniones
científicas pero luego no eran admitidas al institucionalizarse y dejar
la ciencia de ser un interés privado e individual. A pesar de que en
1840, de los 600 componentes de la Real Academia de las Ciencias , sólo
100 eran científicos, a las mujeres se las juzgaba por otro rasero impidiéndoles
la entrada por su amateurismo. Eso les ocurrió a Margaret
Cavendish
o a Caroline
Herschell.
Pero
la situación descrita no sucedió sólo en los inicios. De hecho, la Académie
des Sciences de París se negó a admitir a Marie
Curie
un año antes de que le concedieran el premio Nobel, recordándose, además,
que tampoco se había permitido la entrada a Sophie
Germain
ni a George
Sand
en la Academie Française. Pero, dicho sea de paso, ¿qué se puede
esperar de un sistema, una de cuyas instituciones se negó a reformar la
intrincada ortografía francesa, aduciendo que entonces «no
se distinguiría a las meras mujeres de los sabios que saben latín»?
-
Más
de tres siglos, 313 años, tardó en entrar la primera mujer en la
Academia Francesa de las Ciencias, que había sido fundada en 1666.
Fue Ivonne
Choquet-Bruhat
y lo hizo en 1979.
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Casi
tres siglos también tardaron en entrar las mujeres (Marjory
Stephenson
y Kathleen
Londsdale)
en la Royal Society inglesa, en concreto en 1945.
-
Liselotte
Welkskopft,
se convirtió en 1964, en la primera mujer miembro de pleno derecho de
la “Akademie der Wissenschaften” de Berlín. Antes, sólo a título
honorífico estuvo Lise
Meitner
en 1949. Desde su creación en 1700 hasta 1964 sólo 10 mujeres
consiguieron tal “privilegio”.
-
Las
primeras mujeres españolas en entrar en las academias científicas
nacionales fueron María
Cascales
(Academia de Farmacia, en 1987) y Margarita
Salas
(que leyó su discurso de ingreso en la Real Academia de Ciencias
Exactas, Físicas y Naturales en 1988).
Según
la profesora Eulalia Pérez Sedeño, ante la imposibilidad de acceder a
las instituciones educativas y científicas a lo largo de la historia y la
escasa presencia de mujeres en la práctica científica, sociólogas/os e
historiadoras/es han llegado a diversas conclusiones:
Por
un lado, que las mujeres eran –son– admitidas prácticamente como
iguales hasta que una actividad se institucionaliza y profesionaliza y que
el papel de las mujeres en determinada actividad es inversamente
proporcional al prestigio que reviste.
Por
otro, se han apreciado dos formas fundamentales de discriminación, la
territorial y la jerárquica. Por la primera, las mujeres quedan relegadas
a disciplinas y trabajos concretos, marcados por el sexo, como la
clasificación y catalogación en historia natural o la computación de
datos en astronomía. No es que haya mujeres concretas o individuales a
las que no se les reconozca su valía, sino que esa falta de estatus y
reconocimiento se extiende a tareas o campos completos, que están
sumamente «feminizados» y a los que se les atribuye menor valor y se los
contempla como rutinarios o poco importantes, por el hecho de ser
realizados por mujeres.
En
virtud de la denominada discriminación jerárquica, mujeres brillantes y
capaces son mantenidas en los niveles inferiores del escalafón o topan
con un «techo de cristal», que no pueden traspasar en su profesión. Es
decir, soportan formas encubiertas de discriminación que siguen pautas
muy sutiles y, en muchos casos, inconscientes y ocultas para quienes
ejercen la discriminación.
Y
concluye que “Incluir
en condiciones de igualdad a las mujeres y alcanzar la equidad en la
ciencia y la tecnología no sólo es una cuestión de números: la pérdida
–o no admisión– del cincuenta por ciento de la humanidad significa
que nuestra visión del mundo ha sido, y es, parcial. La entrada masiva de
mujeres en la actividades científicas y tecnológicas tiene que producir,
necesariamente, efectos beneficiosos en la ciencia, en sus prácticas y en
sus instituciones”.
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