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La violencia que se genera como elemento de control y dominio va
aumentando, va creciendo y puede llegar al homicidio; de hecho es
la causa que más frecuentemente llega al homicidio cuando estamos
hablando de asesinatos de mujeres.
Desde
la perspectiva del agresor tenemos que ver esa situación como un
instrumento que es utilizado para conseguir sus objetivos. Por eso
el componente instrumental de la violencia es fundamental, porque
precisamente es lo que se niega sistemáticamente.
Romper
con este componente instrumental es quebrar lo que es la realidad
de la violencia contra las mujeres. Sin esa realidad no podemos
hacer nada, porque estaremos hablando de casos aislados que
terminan precisamente con el fallecimiento, con la denuncia, con
la actuación de la sociedad por medio del Juzgado, la policía,
etc., cuando en realidad el significado es completamente distinto.
Por
eso cuando hablamos de violencia contra la mujer tenemos que
entender que ese elemento instrumental es fundamental ya que
estamos dentro de lo que se denomina un “crimen
por autojustificación” o “crimen moral”, como llaman
algunos autores: el agresor actúa por coherencia, por
convencimiento, como consecuencia de la idea que él tiene de esa
relación, de esa estructura familiar, de esa estructura de pareja
que él va imponiendo a base de intimidación, de coerción, de
amenazas, etc.
Esa
estructura es la que levanta el agresor y por lo tanto actúa con
pleno convencimiento de que lo que está haciendo está haciéndolo
por un bien superior al daño que produce. Es decir, el agresor en
todo momento es consciente de que está produciendo un daño a la
mujer y por eso se protege, por eso intenta que la mujer no
denuncie, por eso le pide perdón en la fase de luna de miel, por
eso la amenaza y le dice “como
me denuncies te voy a quitar a los hijos, te vas a quedar en la
calle, te vas a ver sola...”; eso lo va haciendo
precisamente para mantener esa situación de violencia ya que él
reconoce que está produciendo un daño. Lo que ocurre es que para
él el beneficio que produce esa violencia es superior a ese daño.
Eso
es algo muy común en la delincuencia; es decir, el terrorista que
pone un coche bomba en una esquina sabe que va a matar a cualquier
persona que pase (incluso si pasa un autobús de niños les va a
matar), pero para él la liberación de la patria o el acabar con
una cultura determinada tiene más valor que la vida de esas
personas; hay una justificación moral: “yo lo hago, voy a hacer
un daño pero el objetivo, el beneficio mayor de lo que pretendo
conseguir... merece la pena ese daño”.
Cuando
hablamos de una violencia continuada (no estamos hablando de una
agresión puntual, sino de una estructura de violencia), el
agresor lo hace con convencimiento de que el bien superior (la
buena familia, la buena reputación, que su mujer sea una ama de
casa adecuada, una buena madre-esposa-ama de casa, etc.) merece más
la pena que el que él tenga que corregirla, porque además como
él la corrige porque la mujer ha hecho algo que, para él, está
mal, se ve todavía mucho más legitimado para llevar a cabo esa
agresión.
Por
eso utiliza la justificación moral para reforzarse en su posición
y por eso aplica la violencia de manera diferente, como venimos
diciendo desde hace ya muchos años. No resuelve el problema que
según él se ha presentado por medio de un puñetazo sino que
necesita dar una paliza, porque esa paliza, esa violencia excesiva
que recurre a objetos al alcance de la mano (un martillo, una sartén,
un destornillador, un vaso, un jarrón...), innecesaria para
conseguir la resolución del conflicto que se ha planteado (porque
podía hacerlo con la mano, con el puño, con un empujón...) es
la que alecciona a la mujer; es la que le sirve a él para decirle
“esto
es lo que te pasa por no seguir lo que yo te estoy diciendo que
hagas”.
Ese
elemento
aleccionador es fundamental para que la mujer vaya hundiéndose en
esa situación, vaya quedando atrapada en ese clima de
violencia, de intimidación, de amenaza, que se produce además
con el ejemplo, con la constatación objetiva por medio de este
tipo de agresiones que sufre de manera excesiva, porque es la
forma de aleccionar.
Por
eso es muy importante que entendamos la violencia de género como
una
violencia
de continuidad. No es una violencia que se limite a agresiones
puntuales. No es una violencia que sea representada exclusivamente
por esas denuncias, por esas noticias... Es una violencia que busca el control, el dominio,
el sometimiento, el privilegio del agresor; el dominio de la
mujer, el privilegio del agresor.
Tú
le preguntas a un agresor “¿usted por qué intenta dominar a su
mujer?”, y él contesta: “¿yo a mi mujer? si yo a mi mujer no
la domino, si ella es la que lleva los pantalones y yo...”.
Nosotros aquí decimos las cosas con una forma muy teórica pero
ellos no utilizan el poder, no utilizan la amenaza... lo que
buscan es privilegio. El agresor ni siquiera busca ese bien (al
menos tan directamente) de la familia para que su hijo tenga una
buena referencia, una buena educación... Ellos buscan un status
de privilegio y lo consiguen por medio de la violencia, porque
todos los que son los elementos a los que tú te tienes que
enfrentar en tus posicionamientos, en tus ideas, en tus actitudes,
en tus decisiones..., él los evita por medio de la imposición, o
sea por medio de decir “aquí se hace lo que yo diga” o
simplemente da un puñetazo en la mesa y es suficiente.
Esa
situación no es una situación que surja de la nada. Lógicamente
surge de un contexto cultural, patriarcal en el que eso se puede
hacer. Se parte de la idea de que su rol es conseguir ese status y
por tanto debe desarrollarlo por los mecanismos que considere
oportunos, entre ellos la violencia, y por lo tanto eso permite
que vaya aumentando, que vaya creciendo. Eso por una parte, como
contexto general. Pero en el contexto individual la violencia
contra las mujeres no surge de la nada, o no surge de un día para
otro, sino que se va construyendo; va produciéndose de manera
paulatina.
Sobre
una situación de no violencia, que sería la relación normal en
cualquier relación humana pero en este caso relativo a una
situación de pareja, va produciéndose un aumento progresivo de
la violencia en forma de control, de cuestionamiento, de
intimidación, de limitación, de restricción... va cuestionando
y criticando sus gustos, sus amistades, las fuentes de apoyo
externo (amistades, trabajo, familia...), sus hobbies (“pasas
mucho tiempo fuera, “hay que ver las guarrerías o las tonterías
que estás leyendo”, “a ver si dejas al tío ese, que ese es
comunista” o “ese es facha” “y ponte a leer cosas más
interesantes...”), etc.; son cosas que siempre
van minando la autonomía, la independencia, la libertad de la
mujer para hacer lo que considere ella oportuno que
debe hacer con todo el compromiso que tiene contraído en la
relación, etc.
Pero
eso ocurre
progresivamente; no empieza un día con una paliza ni
empieza un día con una situación especialmente violenta, sino
que va construyéndose de manera progresiva, de manera que un día
en lugar de decirle “deja de leer eso” o “no vayas hoy al
gimnasio” o “no vayas hoy a ver a tu amiga”... se lo dice
con un insulto; eso lo va percibiendo la mujer, y la percepción
de la mujer hace que lógicamente haya una reacción al tema pero
que al mismo tiempo empiece a entender que esa actitud, esa
situación, es algo propio de la relación de pareja porque ya ha
pasado el amor, ya hay muchos problemas (la hipoteca, lo otro, lo
de más allá) y todo se va integrando; no se va rechazando, no se
va cuestionando, porque la cultura permite que todo eso se vaya
integrando.
Conforme
va aumentando la situación de violencia, llega un momento en el
que el
agresor
percibe (tampoco lo va notando él) que tiene control, que tiene
dominio sobre la mujer, y se siente seguro en lo que está
haciendo; ya no duda tanto (ya no hay tanta fase “luna de
miel” después de la agresión) sino que ya sabe que la mujer
está en una situación de vulnerabilidad, de cierta dependencia
emocional y por lo tanto pasa a una actuación violenta mucho más
manifiesta. Es cuando aparecen las agresiones físicas o psíquicas
puntuales; la intensidad es diferente (a veces más intensa, a
veces menos intensa, a veces se repiten más, otras se distancian
en el tiempo...) pero ya son ataques puntuales, ya son agresiones,
y las agresiones surgen dentro de la violencia.
Por
eso digo que cuando hablamos de violencia contra las mujeres no
podemos quedarnos con las agresiones. Además, en los juzgados sólo
suelen aparecer las agresiones de especial intensidad, aquellas
que han superado unos límites para que la mujer ponga la
denuncia, o los vecinos llamen a la policía, o el médico o la médica
manden el parte de lesiones...; además eso es lo que aparece en
los medios de comunicación.
Nosotros
no podemos reducir toda la situación de violencia (toda esta
situación generada, construida sobre la imposición, sobre la
restricción y el control de la mujer) a los ataques puntuales que
se producen en determinadas ocasiones y que son denunciados o
aparecen en los medios de comunicación. Porque además, gracias a
la información, gracias al mayor asesoramiento que tienen las
mujeres, ahora estamos viendo también cómo otro tipo de
agresiones menos intensas en el resultado también están siendo
denunciadas como consecuencia de la violencia contra las mujeres.
¿Y qué ocurre? que en lugar avanzar en el sentido de decir
“esto va mejorando, esto va aumentando, ya vamos conociendo lo
grave y lo menos grave, ya vemos que hay una situación de
violencia...”, lo que se está haciendo es minimizando,
rechazando la violencia; se está diciendo: “¿ves cómo las
mujeres denuncian por cualquier tontería?”, “¿ves cómo no
tiene sentido esto?”, “¿ves cómo es mentira que las
mujeres...? lo que pasa es que se aprovechan ahora para
separarse...”, etc. En lugar de insertar todo eso en lo que es
la violencia de género, está siendo utilizado para cuestionar la
violencia de género.
Si
por exceso, cuando la agresión es especialmente grave, se
justifica por medio del alcohol, de los celos, de la pasión,
etc., cuando el resultado es más leve se está diciendo que no
tiene importancia, que las mujeres denuncian por cualquier cosa y
que en el fondo lo hacen para conseguir quedarse con la casa, con
la custodia de los niños, etc.
Por
tanto, si nos damos cuenta, tanto por exceso como por defecto la
violencia de género parece no existir como realidad, sino que
existen los casos que en algunas circunstancias no pueden ser
justificados bien por exceso o bien por defecto. Esa situación es
una situación sobre la que tenemos que reflexionar porque de una
manera u otra, a pesar de la objetividad de los datos y de los
elementos que vemos, sigue cuestionándose la realidad de la
violencia de género. Y esa situación sin darnos cuenta, cuando
no actuamos adecuadamente y permitimos que se prolongue en el
tiempo, es la que da lugar a la cosificación de la mujer, como
dicen los juristas; da lugar a que el agresor entienda que la
mujer es algo de su propiedad y que él puede recurrir a los
elementos que considere para obtener los objetivos, los beneficios
que él también estime oportunos.
Porque
la clave precisamente, en ese desarrollo de la violencia desde la
perspectiva del agresor, está en diferenciar lo que es la acción
(el resultado de una agresión puntual) de lo que es la exposición
a la violencia (el estar viviendo, conviviendo con una persona que
ha impuesto una pauta de relación basada en la desigualdad,
basada en la imposición, en la amenaza, en la coacción, en la
restricción, en el cuestionamiento sistemático); ese vivir en
esa circunstancia genera una serie de consecuencias, mientras que
la acción, la agresión, da lugar a una serie de resultados.
Esa
matización es importante porque el resultado, es decir la
consecuencia o el elemento derivado de una agresión, de un ataque
puntual, de un hecho, es algo más delimitado, es más objetivo,
está más relacionado de causa-efecto con la agresión y por lo
tanto se puede identificar e interpretar más fácilmente. Pero
junto a ese resultado objetivo, que aparece como consecuencia de
la acción puntual de la agresión, también vamos a encontrar las
consecuencias de la violencia: el hecho de estar sometida a esa
situación. Y las consecuencias no son tan objetivas en cuanto que
aparecen solapadas con otra sintomatología; no se puede
establecer una relación de causa-efecto tan directa, porque
pueden ser por la violencia, como veremos, pero también pueden
ser por otras circunstancias, y eso hace que en lugar de entender
e interpretar desde esa perspectiva global lo que es la violencia,
a veces se tienda a justificar por causas externas a la violencia.
En
cuanto al estudio, por lo tanto, a la consideración de lo que es
el resultado y las consecuencias debemos de ser conscientes de que
cuando hablamos de resultado (de la consecuencia de una acción
puntual de una agresión) vamos a tener una repercusión en el
plano físico y una repercusión en plano psíquico. En el plano físico
aparecen las lesiones que, muchas veces lo hemos comentado, se
caracterizan básicamente por dirigirse a la cabeza y al tronco
porque la ropa y el cabello las cubre y por lo tanto la mujer
puede hacer vida normal y nadie ve ningún signo de que esta mujer
está siendo maltratada. Además, como consecuencia de esas
agresiones repetidas, aparecen agresiones en diferente data
evolutiva: aparece un hematoma morado, azulado, junto a otro
amarillento o verdoso... señal de que va evolucionando en el
tiempo, derivado de esa diferente data como consecuencia de las
diferentes agresiones que sufre la mujer.
En
el plano psíquico aparece la reacción aguda, la fase de schok,
de aturdimiento... como consecuencia de ser víctima de una agresión
por parte de tu pareja. Eso siempre conlleva un cuadro ansioso
bastante marcado, que es el elemento más característico que
representa la fase psíquica aguda siempre y cuando estemos cerca
del momento de la agresión; cuando nos distanciemos de ese
momento el cuadro será más débil, más solapado, habrá otras
reacciones que se han producido y por lo tanto no lo veremos tan
florido como cuando estamos cerca de la agresión.
Pero,
en esa estrategia que desarrolla el agresor para controlar a la
mujer, es muy importante que la consecuencia de esa exposición a
la violencia se va a producir tanto sobre la mujer como sobre los
menores. Es muy importante si queremos hacer una adecuada valoración
integral de la violencia de género. Si hablamos de un clima
generado por el agresor, si hablamos de un clima frío, de un
distanciamiento emocional, de una sensación de amenaza, de
control..., ese clima frío lo va a sufrir tanto la mujer que está
en esa relación como los menores que están expuestos a la misma
temperatura emocional.
Por
lo tanto, cuando un menor percibe, oye, ve la situación de
violencia generada por el agresor, este menor va a desarrollar una
reacción, va a sufrir una serie de alteraciones derivadas
precisamente de esa exposición. Ahora lo comentaremos más
despacio.
Desde
el punto de vista de esas consecuencias sobre la mujer, de esa
exposición a
la
violencia, es importante entender que hay una serie de patologías,
de alteraciones que han sido descritas clínicamente (publicadas
en la revista Lancet)
y que hacen referencia a que muchas patologías teóricamente
banales o comunes que puedan estar relacionadas con otros factores
también pueden ser consecuencia, o de hecho son consecuencia, de
la violencia; situaciones como el dolor crónico de cabeza, de
espalda, alteraciones gastrointestinales, alteraciones de la
conducta alimenticia, hábitos de bulimia, de anorexia, problemas
derivados de infecciones de vías respiratorias altas de repetición...
se ha comprobado que en todo ese tipo de alteraciones (que pueden
ser, y de hecho son con mucha frecuencia, derivadas de factores
completamente distintos a la violencia) hay un doble mecanismo: el
estrés crónico por una parte y la disminución de las defensas
del sistema inmunitario por otra, y pueden ser consecuencia de la
violencia.
Esa
situación, por esos dos mecanismos, puede dar lugar a este tipo
de patologías y por lo tanto sabemos además que como
consecuencia de estas patologías y de la percepción que tienen
las propias mujeres de su estado de salud, acuden un 20% más a
demanda de atención médica, de atención clínica que las
mujeres no maltratadas.
Luego
si tenemos esa mayor demanda de asistencia clínica y alteraciones
teóricamente, o posiblemente, banales pero que pueden ser
consecuencia de la violencia, tenemos una fuente muy propicia para
poder detectar la violencia y por tanto para poder utilizar esos
datos, esa información, como elemento para poder conseguir
alcanzar la valoración integral de la violencia.
Pero
además, junto a lo que es el plano físico general, también se
ha encontrado que en el aparato genito-urinario se producen
patologías con una incidencia también más elevada que el resto
de mujeres. Fundamentalmente por esa cosificación de la mujer,
por esa consideración de que la mujer es un objeto que el agresor
puede utilizar cuando él considere, esa situación da lugar a que
aproximadamente en el 40% de los casos en los que hay maltrato
también se produzcan agresiones sexuales; es decir, el
maltratador agrede sexualmente, mantiene relaciones sexuales
forzadas con la mujer porque él la impone, y lo hace de forma que
da lugar a enfermedades de transmisión sexual cuando hay
promiscuidad; éste es un elemento que utilizan muchos agresores
para humillar a la mujer, le dicen “me voy a acostar con otra mujer, me voy a tal sitio, porque tú no me
das placer, porque tú no vales ni para la cama...”, ésta
es una forma de hundir, de humillar, de denigrar a la mujer y a
veces da lugar a una mayor incidencia de enfermedades de transmisión
sexual, pero también se produce sangrado vaginal, fibrosis
vaginal, dispareunia, infecciones genito-urinarias de repetición,
etc.
Luego
vemos que tanto en el plano genito-urinario, por ese componente añadido
de la agresión sexual, que suele acompañar a la agresión que
sufren las mujeres, más la patología derivada de esa exposición
a la violencia, pueden ser elementos objetivos para considerar en
el juicio diagnóstico a la hora de analizar un posible caso de
violencia contra las mujeres.
Y
si a eso, que es en el plano físico, le unimos la situación
psicológica crónica de la mujer, que Leonor Walker describe como
el síndrome
de la mujer maltratada, con estas características pero
que desde el punto de vista clínico, siguiendo las
clasificaciones psiquiátricas, se puede encuadrar dentro de lo
que es un cuadro de estrés postraumático... esa situación
psicológica, unida a la situación física, puede ayudarnos,
puede facilitarnos la adecuada valoración y la puesta en marcha
de medidas que vengan a resolver la situación de la mujer y a
recuperar el estado de salud perdido como consecuencia de la
violencia.
Si
además estamos en una en una relación de pareja en la que haya
niños o niñas conviviendo, debemos de considerar también las
consecuencias de esa exposición a la violencia.
Una
niña de unos 6 ó 7 años me decía, de forma muy gráfica (para
percibir un poco
esa
situación de violencia, de miedo, de terror, en la que viven):
“mire usted, yo estoy en mi casa con mi madre y estoy muy bien,
pero cuando entra mi padre es como si entrara una corriente de
aire frío”. Yo creo que no hacen falta más palabras: era la
sensación de estar normal y era entrar el padre, oír las llaves,
y ya era un aire gélido que congelaba, que hacía que la niña se
quedara en su cuarto escondida, que la madre se fuera a la
cocina... todo era estar lejos, retiradas de esa fuente de
violencia que podía ser el padre en cualquier momento.
Esa
exposición a la violencia, además, entre el 40 y el 60% de los
casos se acompaña de maltrato físico directo: hay agresiones físicas
directas a los niños y a las niñas cuando hay agresión a la
mujer. Esa exposición a la violencia además suele ser muy
intensa porque en el 90% de los casos los niños están en la
misma habitación o justo en la habitación de al lado, con lo
cual oyen de manera directa los gritos, los llantos, las amenazas,
los insultos, las súplicas de la mujer, ven cómo las golpea...;
todo eso produce un impacto emocional muy importante en los
menores.
De
hecho se sabe que el impacto
es diferente en los niños y en las niñas: los niños
tienden a reproducir conductas violentas, se identifican más con
la conducta del padre, perciben esa sensación de poder por encima
del daño que producen, y eso hace que ellos en los juegos, en las
relaciones, se busquen niños que puedan controlar, cuando llegan
a la adolescencia tienen mayor incidencia de conductas delictivas,
de consumo de sustancias tóxicas... eso es una conducta más
parecida a, o como consecuencia de la identificación de los niños
con el maltratador. Las niñas, por el contrario, se identifican más
con la madre; son niñas solitarias, aisladas, apenas tienen
relaciones de amistad, son niñas con tendencia a la depresión
cuando llegan a la adolescencia... y todo eso hace que vayan
interiorizando ese patrón de víctimas, esa victimización o esa
sensación de vulnerabilidad que algunas viven incluso desde la
primera infancia.
Además
se ha visto que la reacción
es distinta dependiendo de la edad. Tanto en niños
como en niñas cuando tienen más de cierta edad (a partir de los
6-7 años) el impacto es menor porque en primer lugar los padres
evitan las agresiones directas en presencia de los niños (se
suelen ir a la cocina, se suelen ir al dormitorio, suelen echarlos
a su cuarto y entonces llevan a cabo la agresión), y además no
necesitan explicaciones externas para entender lo que ha pasado ahí
porque ellos saben que el padre está maltratando a la madre.
En
el caso de los niños y las niñas más pequeñas (menores de 5-6
años) en primer lugar los padres no se ocultan de ellos para
llevar a cabo la agresión (presencian con mucha frecuencia las
agresiones directas) y además suelen preguntar qué ha pasado,
por qué llora mamá; esas preguntas nunca son contestadas con la
respuesta adecuada, sino que le dicen: “pues nada, que estábamos
jugando, que estábamos bailando, me ha cogido fuerte, me ha hecho
daño...”, o cualquier otro elemento que pueda tratar de hacer
minimizar la situación. Y eso les genera un conflicto añadido,
porque ellos han percibido esa situación como una situación de
violencia; es decir, si son muy pequeños no saben qué es lo que
está pasando, pero ellos perciben ese ambiente frío que decía
la niña que se producía cuando entraba el padre.
Todas
esas alteraciones (lo digo porque me ha enseñado Begoña una
noticia del síndrome de alienación parenteral) que están
descritas y publicadas no pueden ser interpretadas como
consecuencia de una conducta voluntaria de la madre para
indisponer a los niños contra los padres. Eso es una barbaridad.
En cuanto los niños toman distancia del padre, en cuanto los
separan de ese clima de violencia y de terror que genera la
violencia (no lo genera la madre con sus comentarios)
se indisponen contra la fuente de violencia.
Es
verdad que a veces los niños varones pueden tardar más tiempo
porque suelen justificar la violencia, pero eso se puede
determinar perfectamente con los estudios; pero entender que las
alteraciones que puedan tener los niños y la actitud que puedan
adoptar los niños y la actitud que puedan tener esos menores
frente al padre es consecuencia de una conducta manipulativa de la
madre es una barbaridad, porque se niega la evidencia, que es la
situación de la exposición a la violencia, y se interpreta una
situación que viene a justificar precisamente lo que estamos
cuestionando, que es esa minimización de la violencia hacia las
mujeres.
Pero
el componente que estamos comentando, esa actitud, es lo que
siempre hemos dicho que se produce como consecuencia del contexto
cultural. Es decir, si no tuviéramos un contexto en el cual se
minimizara, se justificara, se entendiera que hay una cierta
licitud en actuar de manera violenta contra la mujer, y por tanto
hay una conducta coherente con esos valores generales para
minimizar, para normalizar la violencia..., si no existiera esa
posibilidad, la situación sería totalmente distinta: habría una
crítica, habría un rechazo, habría un cuestionamiento de muchas
de las actitudes que llevan a cabo los agresores y no sería
posible admitir la violencia como una situación normal.
Lo
digo porque a veces cuando nos centramos en casos de violencia ya
denunciados o ya en instituciones donde abordan la violencia de
manera específica, pues podemos tener una distorsión de esa
realidad entendiendo que han sido factores relacionados con la
violencia los que han tendido a la normalización, etc. Pero es
que la situación en la sociedad es grave porque existe esa
percepción o concepción de que la violencia de género no tiene
importancia.
En
un estudio que hicimos en Andalucía, entre otras muchas cosas
hicimos preguntas a mujeres que iban a un centro de salud. No eran
mujeres con lesiones, no es que tuvieran lesiones que podían ser
derivadas de la violencia, sino que eran mujeres que iban a un
centro de salud por cualquier motivo, incluso a veces acompañando
a algún enfermo. Entre las preguntas que les hicimos se les dijo
que describieran cómo consideraban ellas sus relaciones de pareja
(malas, muy malas, regulares, buenas, muy buenas) y que si sufrían
violencia (no se le decía “usted ha hecho esto pues entonces
eso es violencia”; no, no, sino que ellas mismas dijeran si sufrían
o no sufrían violencia).
Lo
curioso fue que prácticamente el 52% de las mujeres que definían
sus relaciones como buenas o muy buenas decían que en sus
relaciones sufrían violencia; es decir, que reconociendo que sufrían
violencia estaban considerando, conceptualizando su relación de
pareja como buena o muy buena. Es decir, la violencia no se ve
como parte de la relación, como parte de esa estructura, como
parte de esa construcción, sino que la violencia se ve como una
tormenta que viene, descarga, se va y vuelve a brillar el sol. Por
lo tanto, como se ve como esa agresión, como ese pico, y el pico
viene propiciado por un conflicto, y el conflicto por unas
circunstancias, al final son las circunstancias las que dan lugar
al conflicto y a la violencia. Luego si no hay circunstancias no
hay agresión, no hay violencia.
Esa
situación es un poco el clima social, la situación social en la
que nos encontramos y la que tenemos que combatir, sobre la que
tenemos que actuar para acabar con la violencia de género; no sólo
con las medidas que se puedan poner desde las instituciones.
Porque todo ello, al hablar de cultura, de sociedad, es parte de
lo que se denomina una ética patriarcal, que es una organización
de los valores, de la conceptualización, del desarrollo de roles
en la sociedad según unos criterios. Esa ética patriarcal, esa
forma de entender las relaciones dentro de la sociedad, se basa en
la jerarquización, en que hay personas que tienen más valor que
otras por diferentes circunstancias; como consecuencia de esa
jerarquización hay una desigualdad consustancial a la propia
concepción de la sociedad y además esa desigualdad y esa
jerarquización organiza o genera conflictos que además se
resuelven o tienden a acudir al conflicto para resolver los
problemas. Y como hay poder cuando hay una situación de problema,
en lugar de generarse de una manera consensuada, dialogada si
estuviéramos en situación de igualdad, quien tiene el poder lo
que hace es imponer en lugar de hablar.
Es
decir, se recurre al conflicto para resolver problemas. Esa es la
estructura en la que están basados muchos de los valores que
existen en la sociedad. Por ejemplo, en nuestra sociedad
occidental lo que más vale en cuanto a personas, el elemento más
valorado en cuanto a posición, status, etc. sería un varón de
raza caucasiana, blanca, de status social elevando, profesión
liberal, con muchos ingresos, heterosexual, casado con hijos. Ese
status vale muchísimo. Si a ese status que vale muchísimo según
la concepción, la estructura que nosotros culturalmente nos hemos
creado, le cambiamos elementos, ya vale menos. Si hablamos de
hombre, heterosexual, casado, con hijos, muy rico, negro... ya
vale un poco menos que el igual con raza caucasiana. Si en vez de
ser hombre, blanco, etc., es homosexual, un poquito menos. Y si en
vez de hombre ponemos mujer, bastante menos.
Esa
concepción desigual de la sociedad es la que da lugar a
conflictos, y quien tiene el poder recurre a la violencia para
resolver el conflicto; no quiere el diálogo, no quiere el
consenso, no quiere hablar porque no lo necesita; se sabe
victorioso utilizando su elemento de fuerza que es el poder. Y lo
vemos tanto en las relaciones humanas como en las relaciones
internacionales; sin ir mas lejos, si recordáis, cuando empezó
la guerra de Irak había un debate en la ONU no para evitarla sino
para ir todos de la mano a la guerra y no se llegó al acuerdo
porque a un país poderoso no le interesa el consenso, no le
interesa el diálogo, no le interesa pactar de manera consensuada.
Respecto
a la capacidad de premiar y la capacidad de influir. La capacidad
de influir va de la mano a lo que es el status distinto, la posición
de autoridad y la imposición que va desarrollando
progresivamente. El castigo es la violencia por medio directo y la
capacidad de premiar es incluso el no castigar. Varias mujeres me
han dicho alguna vez: “mi marido es muy bueno, a mí
nunca me ha puesto la mano encima”. La bondad del marido
es que nunca le han puesto la mano encima, pero luego te dicen: “claro que yo tampoco le he dado
motivos; yo he desarrollado mi rol de mujer-esposa-ama de casa
perfecta”. Esa sensación de decir “lo
he hecho bien porque mi marido no me pega” o “mi marido es bueno porque no me pone la mano encima” es una
situación bastante generalizada, porque viene impuesta desde una
posición de poder, desde una posición de desigualdad, que es lo
que venimos comentando.
Y
ese agresor precisamente, como muchas veces hemos dicho,
no es una persona patológica, no es una persona enferma; es una
persona normal y simpática. Cuando me preguntan cuáles
son las características, el perfil del agresor pues yo digo que
son muy claras las características; el
perfil del agresor es: hombre varón de sexo masculino. No hay un
perfil, no hay una conducta, una alteración, un rasgo psicológico
que te lleve a maltratar, a ejercer la
violencia continuada y sistemática como mecanismo y elemento de
control. No existe esa patología. Pueden existir elementos,
rasgos, o trastornos o enfermedades de la personalidad o mentales
que puedan favorecer la respuesta impulsiva, la dificultad para el
autocontrol, etc., pero el ejercicio sistemático, continuado y
mantenido de la violencia para obtener beneficios no deriva de una
patología sino que deriva de una voluntad, y esa voluntad es la
que desarrolla el agresor cuando quiere conseguir esos objetivos
basándose en la violencia.
Por
eso es muy importante, a la hora de plantear los estudios con el
agresor o la aproximación para estudios del agresor, que el
elemento fundamental de
cara a los casos que llegan al juzgado deba ser la peligrosidad;
la peligrosidad entendida como capacidad criminogénica o
probabilidad de nueva agresión cuando se ha producido una
actuación delictiva. No estamos hablando de peligrosidad social
ni mucho menos sino de peligrosidad criminal cuando previamente se
ha producido algún tipo de agresión o delito, en este caso de
violencia contra las mujeres.
Y
la peligrosidad y la probabilidad (siempre será una probabilidad,
nunca será una certeza, por tanto podemos equivocarnos pero la
ciencia hoy por hoy llega hasta ese elemento de probabilidad) va a
depender de una serie de características psicológicas
importantes (la nocividad, la intimidabilidad, la adaptación
social) que van a estar relacionadas con la personalidad del
agresor; la personalidad es un elemento clave para entender esta
peligrosidad, y eso habrá que estudiarlo y luego ponerlo en
relación con unos factores contextuales que son muy importantes
porque precipitan más la peligrosidad o la probabilidad de que
vuelva a agredir que la propia personalidad; porque esos elementos
en este contexto cultural, cuando vemos que existe un maltrato
anterior, cuando además se produce la separación de la pareja
(es un momento de máximo riesgo) si esa separación de la pareja
coincide con una nueva relación sentimental por parte de la
mujer, si además la mujer o el agresor hace referencia a
consecuencias jurídicas o a un posible suicidio, son elementos
todos que nos indican que el agresor está preparando, está
considerando la posibilidad de llevar a cabo una nueva agresión o
incluso del homicidio. Por lo tanto, si nosotros consideramos los
elementos de personalidad psicológicos junto a los factores
contextuales podemos establecer la peligrosidad de ese individuo y
por tanto facilitar que se puedan adoptar medidas desde el punto
de vista judicial de protección e incluso de restricción de
libertad para el agresor en determinadas circunstancias.
Y
precisamente si analizamos la conducta, las características del
agresor en los homicidios ocurridos durante estos últimos cuatro
años, vemos que no hay un elemento común o característico que
se mantenga a lo largo del tiempo, sino que precisamente en este
último año (2004) vemos cómo ha aumentado de manera muy
significativa el número de agresores (incluidos los agresores que
han matado a su mujer) por debajo de los 25 años, también ha
aumentado el número mayores de 65 años y ha aumentado un poco
los de 25-44 años. Es decir no hay un patrón, ni siquiera por
edad (que sería el elemento más objetivo para diferenciar
conductas, actitudes, valores, roles, ideas que han sido
interiorizadas según unos patrones culturales distintos, según
la época...)
Vemos
que no hay ni siquiera un elemento homogéneo, común, en la edad
del agresor a la hora de llevar a cabo los homicidios: lo mismo
mata un adolescente de 16-17 años o un hombre de 18 años que un
hombre de 70 años. Lo mismo cuando el conflicto es el mismo,
cuando se produce un conflicto entre su posición de poder y la
libertad de la mujer; cuando se produce ese momento, generalmente
con la separación, es cuando el agresor lleva a cabo la última
agresión, que puede ser la agresión mortal. Y estamos hablando
de circunstancias muy distintas; insisto, han aumento incluso los
casos de 70-80 años el agresor y los que tienen menos de 25 años:
circunstancias socioculturales totalmente distintas y cuando el
conflicto es el mismo actúan de la misma manera. ¿Por qué?
Porque los valores, esa ética patriarcal, esos valores que siguen
manteniéndose continúan siendo iguales, apenas se han modificado
en sus raíces aunque a veces en la parte más superficial
aparecen de diferente manera según el momento histórico que
venimos comentando pero en su raíz siguen siendo similares.
En
cuanto a las características de algunos homicidios, vemos que se
ha producido una disminución de los casos de los fallecimientos
en los domicilios. Eso viene siendo coherente con lo que venimos
diciendo desde hace muchísimos años: los agresores
llevan
a cabo este tipo de homicidios en lugares públicos; cuando se
produce la separación y quieren matar a la mujer la esperan a la
puerta de la casa, a la puerta del trabajo, a la puerta de la
guardería, a la puerta del colegio y la matan en la calle, y
luego se entregan porque como es
un crimen por autojustificación o moral no se
esconden, sino que se entregan y actúan de manera impune ante la
vista de muchos testigos, etc. Luego el hecho de que vayan
disminuyendo en esas circunstancias nos está diciendo “cuidado
con las órdenes de protección si no tomamos otras medidas”
porque el que está dispuesto a matar a su mujer no le importa
quebrar una orden de protección, por ejemplo.
Hay
que analizar los casos de manera más individualizada para adoptar
medidas más individuales también de cara a la protección
efectiva de las mujeres y evitar el número de casos. También es
significativo que el porcentaje de mujeres que ha fallecido
habiendo puesto una denuncia previa sigue estando alrededor del
20-22% en este último año; es decir que a pesar de haber
denunciado que estaba siendo víctima de malos tratos y que en
muchos casos posiblemente haya sido amenazada de muerte, pues de
alguna manera no hemos sido capaces de responder proporcionalmente
a esa situación y a pesar de ello han sido asesinadas.
Para
ir finalizando, simplemente mencionar un elemento que yo creo que
es muy importante de cara a lo que se apuntaba en la presentación:
la implicación de la sociedad. A pesar de todo esto y de que no
estamos hablando de una situación nueva, sino que llevamos ya
bastantes años hablando de violencia de género y profundizando
en su conocimiento, la respuesta social sigue siendo mínima. Esta
respuesta sigue siendo mínima porque por ejemplo en los estudios
que hace el CIS (el barómetro que hace mensualmente el Centro de
Investigaciones Sociológicas) hay una pregunta que se hace
sistemáticamente a la sociedad: se le pregunta a los hombres y
mujeres aquí en España cuáles son los problemas que consideran
más graves.
Los
dos primeros siempre son paro y terrorismo; la violencia contra la
mujer apareció por primera vez en mayo del 2001 y es considerado
como un problema grave sólo para el 2,7-3% de la población (el
porcentaje más alto se alcanza en marzo con un 5,1%, pero la
media está alrededor del 3%). Es decir, sólo para el 3% de la
población española esta violencia que venimos describiendo, con
todo su significado y no sólo con el resultado, es un problema
grave. Y yo estoy seguro de que si se le pide al CIS que haga una
separación por género (de momento no lo ha hecho) el 3% son prácticamente
mujeres, igual que hoy aquí estamos prácticamente mujeres (si no
físicamente, sí psicológicamente) porque sigue siendo
considerado como un problema de las mujeres y que como le afecta a
ellas pues que sean ellas las que pongan las medidas en marcha ¿no?
Esa
situación de falta de respuesta o simplemente de sensibilización
(porque no se les pregunta “¿y usted qué hace para
combatir...?”, sino simplemente “¿usted considera que esto es
grave?”) sobre el problema ya es muy significativa porque, además,
si comparamos esa evolución del porcentaje medio de población
que considera que es un problema grave con la media de homicidios
que se producen en cada uno de los meses durante estos 5 últimos
años vemos que no hay una relación directa entre los meses en
los que la media es más alta y el porcentaje de sensibilización
o de respuesta en ese sentido. De hecho si lo comparamos por años
en lugar de mensualmente, vemos que el porcentaje medio anual se
ha mantenido prácticamente estable hasta este último año
mientras que el número de homicidios ha ido aumentando de manera
muy significativa; a pesar de haber aumentado el número de
homicidios, apenas se ha modificado el porcentaje de población
que considera que es un problema grave.
Se
está viendo que todos estos homicidios han aparecido en la
prensa, y muchos de ellos a veces con un tratamiento profundo
incluso en televisión. Pues a pesar de estar viendo que la
violencia contra las mujeres es un problema más grave cada año
(no voy a decir en términos generales si es grave o no, que cada
uno piense lo que quiera), el porcentaje medio de población no se
ha modificado prácticamente durante este tiempo Es verdad, y ahí
está la parte positiva, que en este último año ese porcentaje
ha aumentado; esto es señal de que ha habido un avance.
Yo
creo que éste es el elemento más esperanzador que encontramos en
el momento actual; junto al desarrollo de una legislación específica
como la Ley Integral, de medidas y la organización de recursos,
la coordinación de los recursos y la implicación de muchos
sectores fundamentalmente por medio de las asociaciones de
mujeres, también hemos tenido una respuesta positiva en cuanto a
la sociedad: el porcentaje de personas que consideran que esto es
un problema grave. Pero es muy importante que continuemos
trabajando, como bien se ha dicho también al principio, en lo que
cada uno puede hacer porque, si os dais cuenta, los dos picos más
altos aparecen en marzo y alrededor de octubre-noviembre, que son
precisamente las dos fechas que generan mayor número de jornadas,
de campañas publicitarias, de campañas institucionales sobre la
violencia contra las mujeres.
Cuando
hay un conocimiento de la realidad de la violencia, la gente, la
ciudadanía, la sociedad se posiciona contra la violencia contra
las mujeres. Si no hay un conocimiento, si solamente vemos el
resultado objetivo de la violencia por medio de un caso, lo que
nos encontramos es que hay un rechazo a ese caso; hay un rechazo a
lo que es la situación de violencia, pero el rechazo no es
posicionamiento crítico y lo que necesitamos es un
posicionamiento crítico basado en el conocimiento, ya que el
rechazo (que es más emocional, más afectivo) no es suficiente
para acabar con la violencia.
Además
(como recogen los estudios del CIS y de Europa) la inmensa mayoría
de la población conoce la violencia a través de los medios de
comunicación, fundamentalmente a través de la televisión, y
sabemos cómo se trata esa justificación que se hace a veces de
la violencia de género cuando rápidamente se habla de alcohol,
de cocaína, de ataque de celos, de crimen pasional..., siempre
junto a la noticia surge la justificación. Por lo tanto
necesitamos ese posicionamiento crítico basado en el conocimiento
de la realidad para
que consigamos no sólo combatir los casos que se denuncian, los
casos que se conocen, sino los elementos, los valores que existen
en la sociedad para acabar
de una vez por todas con la violencia de género, lo cual conlleva
acabar con la desigualdad.
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