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Género y Tiempos

La Real Academia Española, en una de sus acepciones, define el tiempo como “la época durante la cual vive una persona o sucede alguna cosa”. Sin embargo, esta referencia a un sujeto neutro en verdad encubre que esta dimensión intangible -que relojes y calendarios organizan en minutos, meses, años-, omnipresente, irreversible y finita, sobre la que se estructuran y diseñan las experiencias cotidianas... es vivida, sentida y consumida de manera desigual según se haya nacido mujer u hombre.

Para Adriana Vaghi, que ha estudiado el “Tiempo según las mujeres y los varones”, desde una perspectiva histórica, en las sociedades primitivas la medición horaria carecía de sentido; el hogar constituía la unidad de producción y reproducción y la vida se estructuraba alrededor del trabajo y el ciclo de las estaciones. No obstante, durante la menstruación, las mujeres se convertían en un peligro para la comunidad, por lo que durante los períodos que marcaban su “reloj biológico” eran apartadas de las tareas de cosecha, de recolección, de la pesca, de los ritos.

Así, las mujeres estaban siempre “cortas de tiempo” y limitadas en el beneficio de los bienes materiales y simbólicos producidos en su comunidad (Douglas en V. Sau 1990).

Con la revolución industrial los tiempos se reordenan alrededor de la actividad económica, por lo que los espacios reproductivos (reservados a las mujeres) y productivos (reservados a los hombres) se separan, reforzándose la división sexual del trabajo. El tiempo de reclusión de las mujeres en la esfera doméstica permitirá y garantizará el tiempo de los hombres en la esfera pública.

Pero fueron los estudios sobre los usos del tiempo, desde la teoría social y desde el feminismo, los que han demostrado que la dimensión temporal no es neutra en términos de género, esto es, que las diferencias y asimetrías entre mujeres y hombres, en cómo usan y conciben el tiempo, han sido y son determinantes en la construcción y reproducción de las desigualdades genéricas.

Es a partir de la década de los 60 cuando se consolidan, en las sociedades desarrolladas, investigaciones que abordan esta temática, pudiéndose citar como trabajos pioneros la encuesta sobre el uso del tiempo aplicada en Dinamarca (1961) y, entre otros, el estudio de Alexander Szalai (1972 en A. Page 1994) en que demuestra cómo el tiempo es una variable afectada fundamentalmente por el sexo, el rol familiar, la presencia o no de hijos y por la participación en el mercado laboral.

Son estudios e investigaciones de tipo cuantitativo, que buscan “conocer quién hace qué, cuándo, simultáneamente con qué, durante cuánto tiempo, dónde y con quién, a lo largo de una jornada o del ciclo de jornadas que configuran una semana” (Belloni 1984, Szalai 1972 en Ramos Palomo 1998).

Al medir el tiempo que, hombres y mujeres, dedican al trabajo remunerado, no remunerado y reproductivo, a las actividades de ocio y recreación, de formación y estudio, permiten definir indicadores de la discriminación entre géneros tanto en el espacio doméstico/familiar como en el espacio público.

Este esfuerzo empírico constituye un aporte importante en la constatación de que “lo personal es político”, pues hacen visible la necesidad de intervenir en los tiempos de lo público; por lo que los usos diferenciales del tiempo dejan de ser un asunto privado para transformarse en una problemática social.

La medición del tiempo está presente en el diseño de las políticas de igualdad en el marco de la Unión Europea. Son las llamadas políticas del tiempo o “cronopolíticas”, que plantean intervenciones tendientes a reorganizar los ritmos y tiempos de trabajo y cuyo antecedente fue la Ley de Tiempos italiana (comenzada a debatir en 1986 y refrendada en 1990). Según Livia Curto, los contenidos de esta ley “van más allá de la mera referencia a los horarios, al proponer la construcción de un modelo de democracia paritaria que permita transformar los trabajos y el ocio de mujeres y hombres, formulando un nuevo estilo de vida” (L. Curto 1992 en Ramos Palomo 1998).

Esta visión más abarcadora apunta a otra cuestión: el tiempo como elemento conformador de la ciudadanía. En este sentido, M. Ángeles Durán, advierte sobre la necesidad de redefinir el concepto de democracia y ciudadanía, dado que si la mitad de la población, que somos las mujeres, nacemos con el tiempo “hipotecado”, con el imperativo cultural de “regalar tiempo” y con la dificultad para “vender tiempo” como trabajo asalariado, se están cuestionando los principios constitucionales de libertad, justicia y equidad (en IAM 2002).

Pero además el tiempo tiene una dimensión simbólica, no cuantificable, que ordena y estructura los proyectos vitales de las mujeres, caracterizados por su heterogeneidad, traspasados por la diversidad de roles y “presencias”; frente a proyectos masculinos más homogéneos, en que prima el trabajo remunerado y la presencia en el ámbito público. Es el tiempo que marca el “reloj social”, diferente para unos y otras.

En este sentido Jesusa Izquierdo (1988) caracteriza el tiempo de las mujeres como un tiempo continuo en que se suceden, en una secuencia repetitiva, las horas, los días, las semanas; indiferenciado, entre días laborales y festivos, entre tiempo familiar, profesional y laboral; que no se intercambia como mercancía, sino que tiene sólo valor de uso y es de carácter heterónomo, es decir, que se organiza en función de las necesidades de los otros.

Por contra, el tiempo de los hombres es un tiempo discontinuo -con tiempos de trabajo y ocio diferenciado-, se vende a cambio de un salario y es de carácter autónomo.

T. Torns (2000) lo plantea en términos de dicotomía/sincronía. Dicotomía tiempo de trabajo/tiempo de no trabajo, propia de los hombres, frente a la sincronía temporal que suele regir la vida de las mujeres, necesaria para compatibilizar el tiempo del trabajo en el mercado y las actividades del hogar y la familia; conviviendo con la imposibilidad del tiempo libre y la inexistencia del tiempo para sí misma.

Esta forma de vivir y concebir el tiempo, no por elección, sino por mandato de un orden genérico patriarcal que, a pesar de los avances, sigue siendo instituyente, estructura -junto con otras variables como la edad, rol familiar, educación, etc.- biografías femeninas en las que la centralidad sigue siendo el trabajo familiar/doméstico: el del tiempo donado para la promoción de los otros, para el bienestar de los otros; el que marca el límite de la participación laboral, profesional y social.

Es un tiempo que no crea genealogía, pero deja huellas en la vida de las mujeres. Y si éstas tienen un proyecto laboral/ profesional se instala la “doble presencia”, atravesada por un tiempo siempre contingente, con cortes e interrupciones, subordinada al tiempo familiar. Los costos no son sólo el cansancio sino la perpetuación del “techo de cristal”.

Socializadas en el rol de ser el género cuidador y mediador por antonomasia, este mandato traspasa las fronteras de la casa y es independiente del status familiar que ocupe la mujer, por lo que el tiempo “privado”, el que las personas destinan para sí, que no está sujeto a donación o regalo, aquel que queda fuera del tiempo laboral y doméstico y nos permite adueñarnos de un tiempo propio, destinado al ocio, al estudio, a las relaciones personales, real o simbólicamente, es un mito para las mujeres (Soledad Murillo 1996).

Por eso, como sostiene Livia Curto, las mujeres tienen siempre “hambre de tiempo”. Pero, al decir de otras autoras, en la búsqueda del “tiempo para sí”, el del crecimiento personal, emocional, profesional, social, no se trata sólo de tener más tiempo, sino de ser más libre para poder gestionarlo autónomamente.

Artículo incluido en Diccionario de Estudios de Género y Feminismos, Susana Gamba (comp.), Tania Diz (asistente comp.),

 

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