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La
IV
Conferencia de la Mujer, celebrada en Pekín, trató
sobre uno de los temas fundamentales del presente, y el futuro: el
avance de las mujeres y su protagonismo en el cambio estructural
de la sociedad.
En
Pekín se produjo un avance sin precedentes para las mujeres, pues
la comunidad internacional tomó definitiva conciencia de que la
sociedad del futuro y el pleno desarrollo económico y social no
se producirán sin contar con la participación plena de las
mujeres.
En
la Conferencia de Pekín se tradujo un salto cualitativo
importante con relación a Conferencias Mundiales de la Mujer
previas (México, 1975; Copenhague, 1980; Nairobi, 1985), ya que
hasta entonces las fueron encuentros de las mujeres, o encuentros
para tratar las cuestiones que afectaban a las mujeres. . Las
mujeres eran las únicas destinatarias de las líneas de actuación
que se enmarcaban o de las medidas propuestas. A partir de Pekín
se considera que el cambio de la situación de la mujer afecta a
la sociedad en su conjunto y se considera por primera vez que su
tratamiento no puede ser sectorial y tiene que integrarse en el
conjunto de políticas.
Se
consolida el término empowerment
(empoderamiento).
Por
primera vez se consolida la idea de la potenciación de las
mujeres en la sociedad, la idea del empoderamiento, de la
necesidad de que las mujeres contribuyan en plenitud de
condiciones y de capacitación para la construcción de la
sociedad. El empoderamiento, esa potenciación del papel de la
mujer, pasa desde luego por tres elementos clave que fueron
desarrollados en Pekín y totalmente aceptados como ejes
fundamentales del avance de las mujeres en la sociedad: los
derechos humanos, la salud sexual y re-productiva y la educación.
A
partir de ahí se trata de potenciar la participación de las
mujeres en igualdad de condiciones con los hombres en la vida económica
y política y en la toma de decisiones a todos los niveles.
ANTECEDENTES
A
mediados de los años 80 las teóricas y activistas feministas
presentes en las agencias de desarrollo internacional, propusieron
y adoptaron un nuevo enfoque, el enfoque GED (Género en el
Desarrollo), para dar respuesta al cuestionamiento por parte de
las mujeres del Sur de los enfoques y estrategias de la cooperación
al desarrollo del momento. Este nuevo enfoque propone un
acercamiento al desarrollo que reconozca la importancia de las
inequidades y desigualdades de género pero también otras
relaciones desiguales de poder (por raza, clase, edad, orientación
sexual, discapacidad, relaciones Norte/Sur...).
Se
trata de un nuevo modelo de desarrollo centrado en la persona,
sostenible e igualitario que exige una redistribución del poder a
todos los niveles y en todos los sectores. El enfoque GED adopta
así el empoderamiento de las mujeres, entendido como aumento de poder
para, poder con y poder desde (en contraposición
al poder sobre), como estrategia y objetivo del desarrollo.
Se
entiende que el empoderamiento, por su carácter transformador,
busca no sólo una mejora de la condición de las mujeres a través
de la satisfacción de sus intereses prácticos; sino también,
una mejora de su posición en las relaciones de género a través
de la satisfacción de sus intereses estratégicos.
El
enfoque GED es el que inspiró y enmarcó la Declaración y la
Plataforma de Acción (PdA) de Beijing de 1995 así como los
compromisos internacionales posteriores en la materia. Entre los
actores tradicionales de la agenda del desarrollo humano, un
documento clave para el cambio de paradigma fue el Informe
de Desarrollo Humano del PNUD
de 1995 que reconocía la desigualdad de género como una de las
desigualdades más persistentes y que sostenía que el
empoderamiento de las mujeres debía ser parte sustancial del
paradigma del desarrollo humano sostenible. Posteriormente, en el
año 2000, los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM)
incluyeron el Objetivo 3 que explicita el logro de la igualdad de
género y el empoderamiento de las mujeres.
Actualmente,
la igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres se
reconocen como piedras angulares de la lucha contra la pobreza, el
desarrollo humano sostenible y, por ende, de la buena
gobernabilidad.
PODER
Y TOMA DE DECISIONES
El
derecho de las mujeres a participar en el poder y la toma de
decisiones fue una de las primeras reivindicaciones de las mujeres
a título individual y, de forma articulada, del movimiento
feminista. Ya en 1791, Olympe
de Gouges
reconocía y declaraba que “la mujer tiene el derecho de subir al cadalso; debe tener también
igualmente el (derecho) de subir a la Tribuna con tal que sus
manifestaciones no alteren el orden público establecido por la
Ley.” Dos siglos más tarde, el derecho de las mujeres a la
participación en los procesos e instancias de toma de decisiones
sociales, políticas y económicas a todos los niveles y en los
distintos sectores aparece
consagrado en diversos instrumentos internacionales:
la
Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948); la Convención
sobre los Derechos Políticos de las Mujeres (1952); el Pacto
Internacional de los Derechos Civiles y Políticos (1966); y la
Convención para la Eliminación de Todas las Formas de
Discriminación contra las Mujeres (1979), entre otros.
En
1995, la Plataforma
de Acción (PdA)
de la IV Conferencia Mundial de las Mujeres de Beijing identificó
la participación plena de las mujeres en el ejercicio del poder
como una de sus esferas de especial preocupación, reconociéndola,
al igual que la incorporación de sus puntos de vista a todos los
niveles de la toma de decisiones, como imprescindible para la
consecución de los objetivos de igualdad, desarrollo y paz.
Desde
entonces distintas resoluciones, campañas y pronunciamientos
han venido a reforzar y/o completar la PdA de Beijing en
este punto, convirtiendo la participación de las mujeres en el
poder y la toma de decisiones en un asunto prioritario en la
agenda de las mujeres y del desarrollo a todos los niveles, local,
nacional, regional e internacional. En este sentido, la Declaración
del Milenio (septiembre 2000) reafirma la centralidad de la participación
de las mujeres en el desarrollo y declara, por primera vez, la
urgencia de promover la igualdad de género y el logro del
empoderamiento de las mujeres como las formas más efectivas para
combatir la pobreza, el hambre y las enfermedades y para estimular
el desarrollo verdaderamente sostenible.
Sin
embargo, a pesar del reconocimiento formal del derecho de las
mujeres a participar en pie de igualdad con los hombres en el
poder y la toma de decisiones, éstas continúan estando
desigualmente representadas a todos los niveles y en todos los
sectores. Las estadísticas evidencian esta subrepresentación; y
numerosos estudios intentan explicarla apuntando que las dinámicas,
los tiempos, los procedimientos y la cultura ‘masculina’
imperantes no favorecen a las
mujeres sobre todo por sus responsabilidades domésticas, nada o
poco compartidas.
Diferenciar
los tipos de poder existentes es una herramienta para comprender
los alcances del empoderamiento. En su artículo, Rowlands
diferencia Cuatro clases de poder, con base, en buena medida, en la obra de
Lukes, Power: A Radical View (1974). La primera clase -el
poder sobre- es un poder de suma cero, en el que el aumento de
poder de una persona implica la pérdida de poder de otra. Los
otros tres poderes --poder
para, poder con y poder desde dentro--- se definen como poder
de suma positiva, debido a que el incremento de poder de una
persona incrementa el poder total disponible.
Poder
“sobre”. El poder “sobre...” es el más
familiar y común y, en general, cuando se habla de relaciones de
poder, se piensa en este tipo. Representa la habilidad de una
persona para hacer que otras actúen en contra de sus deseos: es
la capacidad de un actor de afectar los resultados aun en contra
de los intereses de los demás, es decir, es una capacidad
interpersonal en la toma de decisiones. Este tipo de poder
controlador suele manifestarse en la toma de decisiones en
conflictos abiertos u observables, pero también puede estar
presente en procesos en los que se suprimen algunos conflictos con
el fin de evitar su discusión abierta, lo cual limita su aparición
en las agendas. Cuando la relación se da en un conflicto
observable, el poder está del lado de quien se impone en la
decisión. El conflicto puede darse entre personas o entre grupos
de cualquier tipo. Puede llegar a expresarse con violencia o
fuerza, o tomar la forma de omitir u otorgar recursos para lograr
lo deseado.
Según
Batliwala, las decisiones que confieren el poder
sobre se toman con relación a bienes y recursos, que pueden
ser materiales (físicos, financieros, de tierra, de agua, del
cuerpo o del trabajo), intelectuales (conductas, información e
ideas) o ideológicos (creencias, valores y actitudes). El hecho
de que en el tipo de poder
sobre los conflictos no siempre son observables o públicos y
las decisiones no siempre son visibles y transparentes es
fundamental, puesto que llama la atención sobre lo siguiente: el
poder no sólo se da en la toma de decisiones sino también en lo
suprimido, en aquello que no se toma en cuenta en la decisión y
ni siquiera entra en la negociación.
Así
que el poder sobre
también se expresa en la capacidad de decidir sobre qué se
decide. En este caso no se observa el conflicto porque no se
permite que se manifieste. No tomar decisiones, dejar de hacer
algo, no objetar, también implica la presencia del poder, y a
esto se le denomina poder invisible. Riger (quien cita a Hollander
y Offerman) explica que ello significa que el poder puede ser de
dominación implícita o explicita. Así, coerción, manipulación
e información sesgada o falsa también son espacios del poder
sobre, caracterizados por no permitir el surgimiento del conflicto
abierto.
Lukes
habla de otra dimensión del poder
sobre: presente cuando hay tensiones latentes debido a la
negación de intereses reales aunque éstos no sean reconocidos
por las personas involucradas. A diferencia de los tipos de poder
sobre, referidos atrás, en este caso los intereses no son fácilmente
identificables, al punto que se puede ser inconsciente de sus
propios intereses. Young indica que "la falta de poder no sólo
impide que aquellos que carecen de poder puedan ubicar en la
agenda sus demandas, sino que, con frecuencia hace imposible la
articulación de estas demandas". Esta forma de poder se da
sobre aspectos no discernibles en la superficie, pero que son
elementos de insatisfacción latente.
Poder
para. Este poder sirve para incluir cambios por
medio de una persona o grupo líder que estimula la actividad en
otros e incrementa su ánimo. En esencia es un poder generativo o
productivo aunque puede haber resistencia y manipulación. Permite
compartir el poder y favorece el apoyo mutuo. Es importante para
que se expresen los potenciales y se logre construir individual o
colectivamente la propia agenda. Es un poder creativo o
facilitador que abre posibilidades y acciones sin dominación, es
decir, sin uso del poder sobre. Su resultado es la generación de
un amplio rango de alternativas y potencialidades humanas.
Poder
con. Este poder se aprecia especialmente cuando
un grupo presenta una solución compartida a sus problemas. Se
refiere a que el todo puede ser superior a la sumatoria de las
partes individuales.
Poder
desde dentro o poder del interior. Este poder
representa la habilidad para resistir el poder de otros mediante
el rechazo a las demandas indeseadas. Ofrece la base desde la cual
construir a partir de sí mismo. Incluye el reconocimiento y análisis
de los aspectos por medio de los cuales se mantiene y reproduce la
subordinación de las mujeres, lo cual se logra con base en la
experiencia. Es el poder que surge del mismo ser y no es dado o
regalado.
La
mujer ha sido objeto principalmente de las diferentes clases de
poder sobre, en particular del poder latente e invisible, y es por
ello que se dice que está en situación de desempoderamiento.
Pero no podemos decir que la mujer ha carecido de poder, sino más
bien que su situación social expresa poco poder y que el que
ostenta se da dentro de limitaciones sociales muy rígidas. Es el
caso del poder de lo privado y en la familia. Empoderar a la mujer
con una nueva concepción de poder es apoyar procesos que generen
poder de tipo suma positiva.
¿Pero
es posible empoderar a otras personas? ¿Es la noción de
empoderamiento a otros contradictoria con el concepto mismo? Hay
que enfatizar que no hay fórmula mágica o diseño infalible para
el Empoderamiento, que no hay receta única ni modelo prescriptivo.
El empoderamiento no es un proceso lineal con un inicio y un fin
definidos de manera igual para las diferentes mujeres o grupos de
mujeres. EI empoderamiento es diferente para cada individuo o
grupo según su vida, contexto e historia, y según la localización
de la subordinación en lo personal, familiar, comunitario,
nacional, regional y global,
Hay
también coincidencia entre las autoras en plantear que el
empoderamiento representa un desafío a las relaciones de poder
existentes y que busca obtener mayor control sobre las fuentes de
poder. Se señala que el empoderamiento conduce a lograr autonomía
individual, a estimular la resistencia, la organización colectiva
y la protesta mediante la movilización. En suma, los procesos de
empoderamiento son, para las mujeres, un desafío a la ideología
patriarcal con miras a transformar las estructuras que refuerzan
la discriminación de género y la desigualdad social.
El
empoderamiento, por lo tanto, se entiende como un proceso de
superación de la desigualdad de género. Se busca que las mujeres
reconozcan que hay una ideología que legitima la dominación
masculina y que entiendan que esta ideología perpetúa la
discriminación. Si la subordinación ha sido vista por la ideología
patriarcal como natural, es difícil que el cambio parta espontáneamente
de la condición de subordinación.
En
este sentido, el empoderamiento es inducido y de allí la
importancia de crear conciencia de la discriminación de género.
Ello significa que las mujeres modifiquen la imagen de sí mismas
y las creencias sobre sus derechos y capacidades y desafíen los
sentimientos de “inferioridad”. Facilitar las condiciones que
permitan o induzcan estos cambios es el papel de los agentes
externos.
El
empoderamiento se proyecta como herramienta que permitirá en este
siglo XXI "mirar al mundo con ojos de mujer', como se señaló
en el lema del camino a Beijing, o IV Conferencia Mundial de la
Mujer celebrada en 1995.
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