91 539 02 38

C/ Ribera de Curtidores, 3  28005 Madrid                     

Tfno: 91 539 02 38 – Fax: 91 527 03 02

Horario de Atención:

De Lunes a Jueves de 9:30 a 20:00 hrs.

Viernes de 9:30 a 15: 00 hrs.

C/ Moratines, 22 1º izda 28007 Madrid

Tno: 91 517 88 27 – Fax: 91 474 93 30

Horario de Atención:

De Lunes a Jueves de 9:30 a 20:00 hrs.

Viernes de 9:30 a 18:00 hrs

¡ NOTICIAS !

Boletín Septiembre 2007:

Primera parte

Segunda parte

¿Quiénes Somos?

¿Qué hacemos?

¿Dónde estamos?

¿Con quién trabajamos?

¿Cómo colaborar?

Servicios

Agenda

Publicaciones

Sala de Prensa

Empresas Colaboradoras

Mapa del sitio Web

 

Inmigración como doble discriminación

… como mujer no tengo patria.
Como mujer no quiero patria.
Como mujer, mi patria es el mundo entero
Virginia Woolf

Introducción

Decía Simone de Beauvoir que, en la mayoría de las culturas, las mujeres están acostumbradas a asumir el "papel del otro", a "empatizar", a adaptarse a las necesidades o a las circunstancias. Mientras que muchos hombres que llegan a los países de acogida viven este cambio como traumático por ver peligrar los privilegios o el poder social del que gozaban en su lugar de origen.  

Las mujeres están más capacitadas para adaptarse a su nuevo entorno y consecuentemente, si se les brinda la oportunidad de hacerlo, aprenderán con más facilidad.

La mayor disposición de las mujeres a incorporarse a la cultura mayoritaria del país de destino no se hace, sin embargo, sin que experimenten un sentimiento de identidad dual.

Si es verdad la aserción que afirma que somos tantas personas como idiomas hablamos, podríamos hacer extensivo ese razonamiento a los países en los que vivimos o hemos vivido. Nos encontraríamos así ante una identidad cultural flexible, multicultural y enriquecedora. Las personas que hemos cambiado de país por una razón u otra y nos hemos establecido en lugares distintos a nuestros lugares de origen, hemos experimentado un proceso de transculturación.

Parafraseando en clave de humor a Francisco Gavilán en su Guía de malas costumbres españolas, la persona que llega a España -o a cualquier país de destino-, experimenta un proceso de fascinación, por el que se queda deslumbrada, luego de desesperación en el que se siente más extranjera que nunca y al final, de hispanización - o de valoración- que es cuando estima objetivamente las virtudes y los defectos del país en comparación con el suyo. Extrapolar esta valoración a la percepción que pueda tener una mujer inmigrante es sin duda muy atrevido, sin embargo en la formación de su nueva identidad dual, intervendrán probablemente alguno de esos factores.

Doble discriminación

La mujer que reside en otro país es objeto de doble discriminación por el hecho de ser mujer y ser inmigrante.

Con demasiada frecuencia constatamos que las mujeres inmigrantes en Europa reproducen en los primeros años de su estancia la forma de vida que llevaban en sus países de origen.

Eso es debido, en gran parte, a una escolarización a veces insuficiente y otras veces nula, que las hace depender de sus familiares varones para todo lo relacionado con el espacio público: carencias en la competencia lectora, desconocimiento del idioma del país de acogida, aprensión ante parámetros culturales que suponen un replanteamiento de sus valores tradicionales, sociedades europeas cuya rentabilidad pasa por el individualismo frente a las sociedades de origen más solidarias, etc.

Si las condiciones de acomodación de las personas de origen inmigrante son deficientes, como ocurre en la mayoría de los países europeos, pueden producirse situaciones de aislamiento dentro del propio grupo cultural. Si se originan en aquellos grupos en los que la cultura es claramente patriarcal, por tradición religiosa por ejemplo, se corre el peligro de volver a la reclusión de las mujeres en el espacio privado, trasladando de esta manera al país de acogida los modelos de discriminación que ya vivía en su país de origen.

Por citar un ejemplo europeo, en los primeros años de la inmigración magrebí y turca en Bélgica, por ejemplo, era habitual que las mujeres reprodujeran su modo de vida, sin entrar en contacto con la sociedad de acogida, para nada. Muchas mujeres procedentes de zonas rurales, eran analfabetas en su propia lengua y a veces incluso apenas hablaban un dialecto de su región. En estas condiciones, les era imposible comunicarse no sólo con sus vecinas europeas sino que también entre personas de origen similar, la relación era improbable. Dependían por lo tanto de sus compañeros para todo lo relacionado con la vida cotidiana y los asuntos legales.

Afortunadamente, gracias a campañas de sensibilización y al propio incremento de personas inmigrantes, la organización de centros de formación, de alfabetización y de enseñanza de la lengua del país de acogida han favorecido la participación de las mujeres inmigrantes que han promovido redes de apoyo en los barrios, en los movimientos asociativos, en las escuelas de adultos, etc.

Mujer inmigrante... doble exclusión

Vivimos en una sociedad gobernada por "hombres". Basta encender el televisor y contar los protagonistas principales del acontecer cotidiano. Hombres son Bush, Blair y Aznar, los tres blandiendo sus misiles y sus bombas, presumiendo de masculinidad y poder. Hombres son la mayoría de políticos, reyes, alcaldes, militares, policías, ingenieros, empresarios y ejecutivos. Hombres son algunos de ésos que arrastran su mediocridad ejerciendo jefaturas y tiranías varias, en los más diversos entornos sociales, desde la gran empresa hasta el pequeño taller, pasando por la familia y por la iglesia.

Y las mujeres no se ven. En esta sociedad mandada por hombres, construida a la medida del hombre, son ellas las primeras excluidas. Quitando algunas pequeñas muestras, en unos casos incrustadas el marco de lo "políticamente correcto" y en otros verdaderamente admirables por el tesón y el esfuerzo personal que revelan, en la sociedad de los "hombres", la mayoría de las mujeres recorren los diferentes estratos de la invisibilidad, la sumisión, la discriminación, el desprecio. Ellas son las más pobres de los pobres, las más trabajadoras de los trabajadores, las peor pagadas de los peor pagados, las ignoradas de los ignorados. Las excluidas de los excluidos.

De tiempo atrás se vienen denunciando los menores sueldos que se pagan a las mujeres por idéntico trabajo al de los hombres, la falta de oportunidades de estudio y promoción, el alargamiento infinito de su jornada laboral continuada en casa con las tareas del hogar y el cuidado de los hijos/as, la falta de reconocimiento social del trabajo sin sueldo de las amas de casa que trabajan 24 horas sobre 24 horas los siete días de la semana, los malos tratos en todos los niveles, dolorosa y especialmente en el ámbito familiar, el frecuente acoso y chantaje sexual en el trabajo...

Y en este contexto, la mujer inmigrante es doblemente excluida: por ser mujer, por ser inmigrante. Doble exclusión que se entrecruza y se refuerza en uno y otro sentido, porque muchas veces se abusa escandalosamente de las mujeres inmigrantes aprovechando la situación de indefensión que conlleva su condición de inmigrante (mucho más si no tiene papeles). Y muchas otras veces más se abusa de las inmigrantes mujeres por su propia condición de mujer previamente excluida. El 50% de la humanidad son mujeres, el 50% de la humanidad está excluido...

 Las dificultades con las que se encuentran las mujeres inmigrantes son:

 Inseguridad e indefensión jurídica

Las situaciones de ilegalidad y de inestabilidad laboral y de residencia provocan una sensación de tensión constante. En el caso de las mujeres, como ya hemos mencionado, la subordinación al estado civil en los casos de migración a través de la reagrupación familiar, la falta de asesoramiento jurídico, y el poco interés demostrado por las Administraciones por los temas relacionados con las dificultades específicas de las mujeres inmigrantes acrecientan el estrés que cada vez más, padecen éstas mujeres. A lo largo de los últimos años, se ha incrementado de manera considerable el índice de consultas por depresiones y otras patologías relacionadas por parte de las personas inmigrantes. Para las mujeres que emigran solas, existe, además, la posibilidad de embarazos no deseados que les colocará en situaciones de desamparo total, cuya única salida radica a veces en la dedicación a la prostitución como medio de subsistencia. Y ¿qué decir de la asistencia jurídica a las mujeres maltratadas, o al deber de custodia paterna en caso de separación?

 Situaciones de discriminación múltiple

La discriminación de la mujer inmigrante se vive por varias razones: al rechazo que puede sufrir por racismo, se une otro de clasismo provocado por las condiciones sociales en las que se ven abocadas a vivir, por la desigualdad social. Es el caso del acceso a la vivienda, por ejemplo, como lo demuestran multitud de estudios realizados: en el caso de las personas en situación de irregularidad, la única opción es la de compartir vivienda con varias familias, lo que repercute directamente en su equilibrio psíquico.

 Dificultades con el sistema educativo

Si nos situamos en el caso de una mujer en situación de irregularidad, todo lo relativo al sistema educativo y sanitario se convierte en otro obstáculo. La garantía normativa que garantiza la escolaridad obligatoria, por ejemplo, no se hace extensiva a las actividades extraescolares, las competiciones deportivas o el acceso a becas. En cuanto al sistema sanitario, contempla la asistencia de urgencia, no la atención sanitaria continuada.

 Falta de adaptación de las instituciones y de la población en general a las diferencias culturales de la población que emigra


Nuestras sociedades han dejado de ser monoculturales hace mucho tiempo. En la construcción de un espacio común diverso, cuya fuerza social, laboral y económica se nutren y benefician de la presencia de las personas inmigrantes, se vuelve imprescindible incorporar la perspectiva multicultural a todos los servicios públicos: atención sanitaria y ginecológica, organización de comedores escolares, formación de adultas, etc. La igualdad es imposible de conseguir si no se parte de la diversidad. En esta perspectiva multicultural, no se trata de elaborar programas de inserción para las personas inmigrantes sino de redibujar un espacio diverso en el que replantear la organización desde las necesidades de los miembros que la conforman. Tener en cuenta estas necesidades es fundamental para garantizar los derechos a la dignidad y al bienestar de todas y todos.

 Tendencia asimilacionista de la sociedad

Una tendencia asimilacionista en la que se rechazan los valores que no se comprenden, que no conoce y a menudo que no valora, ejerce sobre las mujeres inmigrantes una doble presión: en su afán por adaptarse a las exigencias de la sociedad receptora, pierde paulatinamente sus propias pautas culturales y a veces incluso, reniega de sus lenguas de origen. Esto se hace patente en la educación de sus hijos. Algunos de ellos dejarán de hablar el idioma materno, por decisión deliberada de sus madres, preocupada por garantizarles mejores oportunidades de acomodación en la sociedad en la que se han educado. En personas procedentes de culturas más religiosas y con fuerte componente patriarcal, sin embargo, las situaciones de desigualdades vividas en los países de destino, hace que muchas mujeres se aíslen en sus propios grupos étnicos, buscando así la seguridad y la protección de lo semejante, y se alejan de la sociedad de acogida.

Estas circunstancias llevan a la progresiva guietización de las personas inmigrantes, y en particular de las mujeres, cuyas condiciones de precariedad y, en muchos casos de dependencia, les hace más frágiles e indefensas.

Para las segundas generaciones, este proceso es especialmente difícil ya que se encuentran en la frontera entre dos realidades culturales distintas. Aunque sobre este tema volveremos más adelante, sí es conveniente señalar que la política de rechazo y negación incrementa las situaciones de desamparo y de desigualdad.

La progresiva imposición de medidas legales, destinadas a favorecer los procesos de adaptación si son imprescindibles, no bastan para dar salida a situaciones que requieren políticas integradas y la aplicación de medidas interculturales que tengan como base el respeto a los derechos humanos universales.

Estas medidas deberán enfocarse desde una mirada que rescate aquellos aspectos valiosos de las culturas que están presentes en la sociedad.

 La falta de políticas de acogida que faciliten información precisa sobre el funcionamiento de las instituciones

Lo que se ha acostumbrado a llamar el fenómeno de la inmigración, como si éste surgiera de pronto, y la falta de proyecto político de los gobiernos de los países de acogida pretenden presentar el hecho migratorio como un problema de difícil solución. El mensaje que se transmite a la población es el de la inseguridad que provoca lo desconocido y la dificultad de "integrar" a las personas inmigrantes, por las diferencias culturales existentes. El planteamiento ético, según nuestra opinión, no está reñido con el buen funcionamiento de las administraciones públicas que deberían facilitar información precisa sobre el funcionamiento de las instituciones y costumbres en el país de acogida.

A menudo, en efecto, estas instituciones no existen en los países de origen. Una planificación correcta, desde una perspectiva intercultural, junto con campañas de información precisas permitirían a muchas mujeres el acceso a ayudas sociales a las que no acuden, por desconocimiento. Las acciones sanitarias de tipo preventivo, por ejemplo, o la falta de información sobre asuntos legales limitan sus posibilidades de acomodación y dificultan el ejercicio de sus derechos al bienestar.

 Dificultades por el desconocimiento de la lengua

Como hemos visto anteriormente, las mujeres que emigran a España son de origen muy variado. Por proximidad lingüística más que cultural, las personas de Latinoamérica son las más numerosas, pero más del 30% de ellas proceden de Marruecos y las migraciones procedentes de otros países no hispanohablantes van en aumento.

La lengua es vehículo y vínculo. La palabra es poder. En la doble discriminación de las mujeres inmigrantes, el desconocimiento de la lengua del país de destino es un obstáculo fundamental para su acomodación futura. Dentro de la falta de políticas de acogida, queremos destacar la nula consideración que se merece desde la Administración pública la enseñanza de la lengua a personas extranjeras. La alfabetización y la formación suelen estar en manos de colectivos no gubernamentales, de asociaciones o de centros de voluntariado cuya labor es de admirar. Pero en la formación de adultas inmigrantes, la enseñanza de la lengua por profesionales especializados brilla por su ausencia.

Por otra parte, como ya apuntamos anteriormente, los mecanismos a través de los cuales se desarrollan las acciones no siempre llegan a los colectivos de mujeres cuyo aislamiento, obligaciones o impedimentos culturales pueden ser un obstáculo grave para acudir a los centros de formación, cuya existencia muchas veces desconocen.

Si nos referimos a mujeres laboralmente activas (y considerando aparte las redes de explotación sexual y prostitución) tendremos, además, que considerar las extensas jornadas de trabajo que desempeñan fundamentalmente como empleadas de hogar, el cuidado de la familia y las condiciones de infravivienda que les obliga a compartir casa con otras muchas personas. Las dificultades que implica la convivencia, la falta de intimidad y de aislamiento dentro de la propia vivienda o el cansancio acumulado son otras tantas trabas para que acudan a los centros.

Ideas clave

 Los cambios sociales que se producen en todas las sociedades por el acceso de la mujer a la educación, los procesos de urbanización, por las crecientes globalización de las comunicaciones y de la información, así como el cambio de valores está empujando a cada vez mayor número de mujeres a inmigrar.

 Los motivos del proyecto migratorio femenino ya no se basan exclusivamente en la complementariedad de la emigración masculina: cada vez un mayor número de mujeres inicia por su cuenta el proyecto migratorio con el fin de lograr una mayor independencia, escapar de las normas a las que se ven sometidas en algunos de sus países de origen, como matrimonios convenidos, repudio, violencia de género, o simplemente normas morales y religiosas que la cohíben en su proyecto de vida.

 El colectivo de mujeres inmigrantes es tan heterogéneo como las sociedades de las que forman parte. No puede existir una mirada única, sino diversificada y alejada de estereotipos.

 No todas las mujeres son sujetos de prácticas tradicionales. Cada historia de vida es única y forma parte de un proyecto individual de progreso personal.

 Los espacios de participación laboral admitidos para las mujeres inmigrantes son extremadamente reducidos: servicio doméstico, asistencia domiciliaria a personas dependientes (niños/as, enfermos/as, ancianos/as) y hostelería son las ocupaciones que en Europa se reservan para este colectivo.

 Uno de los termas públicamente más comentado es el aumento de redes de prostitución que se están extendiendo por todo el mundo. Lo más terrible de está situación es que se convierta en una vía de “incorporación” a los países de acogida. La situación de miles de mujeres condenadas a trabajar como prostitutas por extorsiones, deudas contraídas o como única forma de supervivencia, es una realidad que está siendo denunciada como moderno fenómeno de esclavitud y que se acrecienta día a día sin que se estén tomando las medidas oportunas.

 El hecho migratorio femenino se ve alentado por las nuevas relaciones de género en los países de acogida. Las mujeres europeas que trabajan fuera del hogar se encuentran con una doble jornada laboral difícil de sostener. El envejecimiento de la población, el retroceso o ausencia de políticas sociales y la lenta toma de conciencia de la importancia de la corresponsabilidad por parte de los hombres son algunos de los factores causantes de la fuerte demanda de trabajadoras extranjeras. Como consecuencia, detrás de una mujer que trabaja fuera del hogar hay otra mujer que ocupa su lugar en las tareas domésticas.

Discriminación legal

Las deficiencias legales basadas en una percepción masculina de las migraciones o, simplemente, el desconocimiento real de las circunstancias ligadas a la emigración femenina hacen que, en muchos casos, a las mujeres que emigran les resulte prácticamente imposible conseguir un permiso de residencia. Esto les confina en una situación de irregularidad que les hace más vulnerables al acoso o a la violencia ya que, por temor a ser expulsadas, no denuncian estas situaciones.

La Ley de extranjería que recoge el derecho a la reagrupación familiar es así mismo el paradigma de la vulneración de los derechos de las mujeres inmigrantes.

   El permiso de residencia les está concedido en tanto que esposas de un inmigrante regularizado en España.

 El permiso de residencia no supone el permiso de trabajo. Y su renovación quedará supeditada a la permanencia legal de la mujer con su marido.

 En caso de separación, por motivos de malos tratos por ejemplo, al no disponer de permiso de trabajo ni poder justificar ingresos suficientes, podría ser expulsada.

   La intervención de la Administración va más lejos aun, al no reconocer los derechos de la mujer inmigrante que decidiera separarse de su marido y optara por una relación de pareja de hecho o por una relación homosexual.

Esa acción coercitiva por parte de la Administración de Justicia que liga los derechos de circulación, residencia y trabajo de las mujeres a su libertad individual y emocional, las coloca en una situación de desamparo que supone una clara vulneración de sus derechos fundamentales: la legislación basada en características circunstanciales -el estatus de la persona casada-, no en los derechos individuales de la mujer.

Madres inmigrantes

Las madres: elemento clave en la socialización de las hijas e hijos pequeños

En cuanto al rol en la familia de las mujeres inmigrantes, y más concretamente a su relación con sus hijos e hijas menores, nos encontramos con una situación algo contradictoria. Tradicionalmente, la madre sirve de referente afectivo para los hijos. La lengua emocional, por lo tanto, para sus hijas e hijos pequeños, suele ser la lengua de origen de la madre, como lo veremos en un capítulo posterior. Sin embargo, la realidad demuestra que las madres responden con entusiasmo a los programas de mediación intercultural que desarrollan algunas administraciones locales, las ONG o las asociaciones que trabajan con inmigrantes.

Son ellas las que, con más frecuencia, se acercan a los Servicios Sociales, a los Centros Educativos y Centros de Salud, a pesar de las barreras culturales o lingüísticas con las que se encuentran.

A su vez, las hijas e hijos pequeños juegan un papel fundamental en la incorporación de sus madres a la vida social.

El aprendizaje del idioma, las distintas actividades interculturales realizadas en la escuela son, muchas veces, la puerta abierta a una mayor interacción entre madres inmigrantes y madres autóctonas.

Gracias a la escolaridad obligatoria, que no hace discriminación entre los hijos e hijas de inmigrantes regularizados y los que no tienen permiso de residencia en España, la socialización de los menores se efectúa sin grandes conflictos, por lo menos en la enseñanza básica. Su adaptación al medio escolar, la interrelación con el resto del alumnado y los vínculos de amistad que se van creando fomentan la participación de las familias.

En muchos casos, son también los niños y niñas los que inician a sus madres en el idioma, al mismo tiempo que lo van aprendiendo ellos.

 

Copyright  @ FMP (Federación Mujeres Progresistas)

Si tiene problemas o preguntas relacionadas con este sitio Web, póngase en contacto con la dirección fmp@fmujeresprogresistas.org

Este sitio web está optimizado para una resolución 1024 x 768.