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como mujer no tengo patria.
Como mujer no quiero patria.
Como mujer, mi patria es el mundo entero
Virginia Woolf
Introducción
Decía
Simone de Beauvoir que, en la mayoría de las
culturas, las mujeres están acostumbradas a asumir el "papel del
otro", a "empatizar", a adaptarse a las necesidades o a las
circunstancias. Mientras que muchos hombres que llegan a los países de
acogida viven este cambio como traumático por ver peligrar los
privilegios o el poder social del que gozaban en su lugar de origen.
Las
mujeres están más capacitadas para adaptarse a su nuevo entorno y
consecuentemente, si se les brinda la oportunidad de hacerlo, aprenderán
con más facilidad.
La
mayor disposición de las mujeres a incorporarse a la cultura mayoritaria
del país de destino no se hace, sin embargo, sin que experimenten un
sentimiento de identidad dual.
Si
es verdad la aserción que afirma que somos tantas personas como idiomas
hablamos, podríamos hacer extensivo ese razonamiento a los países en los
que vivimos o hemos vivido. Nos encontraríamos así ante una identidad
cultural flexible, multicultural y enriquecedora. Las personas que hemos
cambiado de país por una razón u otra y nos hemos establecido en lugares
distintos a nuestros lugares de origen, hemos experimentado un proceso de
transculturación.
Parafraseando
en clave de humor a Francisco Gavilán en su Guía de malas costumbres
españolas, la persona que llega a España -o a cualquier país de
destino-, experimenta un proceso de fascinación, por el que se queda
deslumbrada, luego de desesperación en el que se siente más extranjera
que nunca y al final, de hispanización - o de valoración- que es cuando
estima objetivamente las virtudes y los defectos del país en comparación
con el suyo. Extrapolar esta valoración a la percepción que pueda tener
una mujer inmigrante es sin duda muy atrevido, sin embargo en la formación
de su nueva identidad dual, intervendrán probablemente alguno de esos
factores.

Doble
discriminación
La
mujer que reside en otro país es objeto de doble discriminación por el
hecho de ser mujer y ser inmigrante.
Con
demasiada frecuencia constatamos que las mujeres inmigrantes en Europa
reproducen en los primeros años de su estancia la forma de vida que
llevaban en sus países de origen.
Eso
es debido, en gran parte, a una escolarización a veces insuficiente y
otras veces nula, que las hace depender de sus familiares varones para
todo lo relacionado con el espacio público: carencias en la competencia
lectora, desconocimiento del idioma del país de acogida, aprensión ante
parámetros culturales que suponen un replanteamiento de sus valores
tradicionales, sociedades europeas cuya rentabilidad pasa por el
individualismo frente a las sociedades de origen más solidarias, etc.
Si
las condiciones de acomodación de las personas de origen inmigrante son
deficientes, como ocurre en la mayoría de los países europeos, pueden
producirse situaciones de aislamiento dentro del propio grupo cultural. Si
se originan en aquellos grupos en los que la cultura es claramente
patriarcal, por tradición religiosa por ejemplo, se corre el peligro de
volver a la reclusión de las mujeres en el espacio privado, trasladando
de esta manera al país de acogida los modelos de discriminación que ya
vivía en su país de origen.
Por
citar un ejemplo europeo, en los primeros años de la inmigración magrebí
y turca en Bélgica, por ejemplo, era habitual que las mujeres
reprodujeran su modo de vida, sin entrar en contacto con la sociedad de
acogida, para nada. Muchas mujeres procedentes de zonas rurales, eran
analfabetas en su propia lengua y a veces incluso apenas hablaban un
dialecto de su región. En estas condiciones, les era imposible
comunicarse no sólo con sus vecinas europeas sino que también entre
personas de origen similar, la relación era improbable. Dependían por lo
tanto de sus compañeros para todo lo relacionado con la vida cotidiana y
los asuntos legales.
Afortunadamente,
gracias a campañas de sensibilización y al propio incremento de personas
inmigrantes, la organización de centros de formación, de alfabetización
y de enseñanza de la lengua del país de acogida han favorecido la
participación de las mujeres inmigrantes que han promovido redes de apoyo
en los barrios, en los movimientos asociativos, en las escuelas de
adultos, etc.
Mujer
inmigrante... doble exclusión
Vivimos
en una sociedad gobernada por "hombres". Basta encender el
televisor y contar los protagonistas principales del acontecer cotidiano.
Hombres son Bush, Blair y Aznar, los tres blandiendo sus misiles y sus
bombas, presumiendo de masculinidad y poder. Hombres son la mayoría de
políticos, reyes, alcaldes, militares, policías, ingenieros, empresarios
y ejecutivos. Hombres son algunos de ésos que arrastran su mediocridad
ejerciendo jefaturas y tiranías varias, en los más diversos entornos
sociales, desde la gran empresa hasta el pequeño taller, pasando por la
familia y por la iglesia.
Y
las mujeres no se ven. En esta sociedad mandada por hombres, construida a
la medida del hombre, son ellas las primeras excluidas. Quitando algunas
pequeñas muestras, en unos casos incrustadas el marco de lo "políticamente
correcto" y en otros verdaderamente admirables por el tesón y el
esfuerzo personal que revelan, en la sociedad de los "hombres",
la mayoría de las mujeres recorren los diferentes estratos de la
invisibilidad, la sumisión, la discriminación, el desprecio.
Ellas son las más pobres de los pobres, las más trabajadoras de los
trabajadores, las peor pagadas de los peor pagados, las ignoradas de los
ignorados. Las excluidas de los excluidos.
De
tiempo atrás se vienen denunciando los menores sueldos que se pagan a las
mujeres por idéntico trabajo al de los hombres, la falta de oportunidades
de estudio y promoción, el alargamiento infinito de su jornada laboral
continuada en casa con las tareas del hogar y el cuidado de los hijos/as,
la falta de reconocimiento social del trabajo sin sueldo de las amas de
casa que trabajan 24 horas sobre 24 horas los siete días de la semana,
los malos tratos en todos los niveles, dolorosa y especialmente en el ámbito
familiar, el frecuente acoso y chantaje sexual en el trabajo...
Y
en este contexto, la mujer inmigrante es doblemente excluida: por ser
mujer, por ser inmigrante. Doble exclusión que se entrecruza y se
refuerza en uno y otro sentido, porque muchas veces se abusa
escandalosamente de las mujeres inmigrantes aprovechando la situación de
indefensión que conlleva su condición de inmigrante (mucho más si no
tiene papeles). Y muchas otras veces más se abusa de las inmigrantes
mujeres por su propia condición de mujer previamente excluida. El 50% de
la humanidad son mujeres, el 50% de la humanidad está excluido...
Las
dificultades con las que se encuentran las mujeres inmigrantes son:
Inseguridad
e indefensión jurídica
Las
situaciones de ilegalidad y de inestabilidad laboral y de residencia
provocan una sensación de tensión constante. En el caso de las mujeres,
como ya hemos mencionado, la subordinación al estado civil en los casos
de migración a través de la reagrupación familiar, la falta de
asesoramiento jurídico, y el poco interés demostrado por las
Administraciones por los temas relacionados con las dificultades específicas
de las mujeres inmigrantes acrecientan el estrés que cada vez más,
padecen éstas mujeres. A lo largo de los últimos años, se ha
incrementado de manera considerable el índice de consultas por
depresiones y otras patologías relacionadas por parte de las personas
inmigrantes. Para las mujeres que emigran solas, existe, además, la
posibilidad de embarazos no deseados que les colocará en situaciones de
desamparo total, cuya única salida radica a veces en la dedicación a la
prostitución como medio de subsistencia. Y ¿qué decir de la asistencia
jurídica a las mujeres maltratadas, o al deber de custodia paterna en
caso de separación?
Situaciones
de discriminación múltiple
La
discriminación de la mujer inmigrante se vive por varias razones: al
rechazo que puede sufrir por racismo, se une otro de clasismo provocado
por las condiciones sociales en las que se ven abocadas a vivir, por la
desigualdad social. Es el caso del acceso a la vivienda, por ejemplo, como
lo demuestran multitud de estudios realizados: en el caso de las personas
en situación de irregularidad, la única opción es la de compartir
vivienda con varias familias, lo que repercute directamente en su
equilibrio psíquico.
Dificultades
con el sistema educativo
Si
nos situamos en el caso de una mujer en situación de irregularidad, todo
lo relativo al sistema educativo y sanitario se convierte en otro obstáculo.
La garantía normativa que garantiza la escolaridad obligatoria, por
ejemplo, no se hace extensiva a las actividades extraescolares, las
competiciones deportivas o el acceso a becas. En cuanto al sistema
sanitario, contempla la asistencia de urgencia, no la atención sanitaria
continuada.
Falta
de adaptación de las instituciones y de la población en general a las
diferencias culturales de la población que emigra
Nuestras sociedades han dejado de ser monoculturales hace mucho tiempo. En
la construcción de un espacio común diverso, cuya fuerza social, laboral
y económica se nutren y benefician de la presencia de las personas
inmigrantes, se vuelve imprescindible incorporar la perspectiva
multicultural a todos los servicios públicos: atención sanitaria y
ginecológica, organización de comedores escolares, formación de
adultas, etc. La igualdad es imposible de
conseguir si no se parte de la diversidad. En esta perspectiva
multicultural, no se trata de elaborar programas de inserción para las
personas inmigrantes sino de redibujar un espacio diverso en el que
replantear la organización desde las necesidades de los miembros que la
conforman. Tener en cuenta estas necesidades es fundamental para
garantizar los derechos a la dignidad y al bienestar de todas y todos.
Tendencia
asimilacionista de la sociedad
Una
tendencia asimilacionista en la que se rechazan los valores que no se
comprenden, que no conoce y a menudo que no valora, ejerce sobre las
mujeres inmigrantes una doble presión: en su afán por adaptarse a las
exigencias de la sociedad receptora, pierde paulatinamente sus propias
pautas culturales y a veces incluso, reniega de sus lenguas de origen.
Esto se hace patente en la educación de sus hijos. Algunos de ellos dejarán
de hablar el idioma materno, por decisión deliberada de sus madres,
preocupada por garantizarles mejores oportunidades de acomodación en la
sociedad en la que se han educado. En personas procedentes de culturas más
religiosas y con fuerte componente patriarcal, sin embargo, las
situaciones de desigualdades vividas en los países de destino, hace que
muchas mujeres se aíslen en sus propios grupos étnicos, buscando así la
seguridad y la protección de lo semejante, y se alejan de la sociedad de
acogida.
Estas
circunstancias llevan a la progresiva guietización de las personas
inmigrantes, y en particular de las mujeres, cuyas condiciones de
precariedad y, en muchos casos de dependencia, les hace más frágiles e
indefensas.
Para
las segundas generaciones, este proceso es especialmente difícil ya que
se encuentran en la frontera entre dos realidades culturales distintas.
Aunque sobre este tema volveremos más adelante, sí es conveniente señalar
que la política de rechazo y negación incrementa las situaciones de
desamparo y de desigualdad.
La
progresiva imposición de medidas legales, destinadas a favorecer los
procesos de adaptación si son imprescindibles, no bastan para dar salida
a situaciones que requieren políticas integradas y la aplicación de
medidas interculturales que tengan como base el respeto a los derechos
humanos universales.
Estas
medidas deberán enfocarse desde una mirada que rescate aquellos aspectos
valiosos de las culturas que están presentes en la sociedad.
La
falta de políticas de acogida que faciliten información precisa sobre el
funcionamiento de las instituciones
Lo
que se ha acostumbrado a llamar el fenómeno de la inmigración, como si
éste surgiera de pronto, y la falta de proyecto político de los
gobiernos de los países de acogida pretenden presentar el hecho
migratorio como un problema de difícil solución. El mensaje que se
transmite a la población es el de la inseguridad que provoca lo
desconocido y la dificultad de "integrar" a las personas
inmigrantes, por las diferencias culturales existentes. El planteamiento
ético, según nuestra opinión, no está reñido con el buen
funcionamiento de las administraciones públicas que deberían facilitar
información precisa sobre el funcionamiento de las instituciones y
costumbres en el país de acogida.
A
menudo, en efecto, estas instituciones no existen en los países de
origen. Una planificación correcta, desde una perspectiva intercultural,
junto con campañas de información precisas permitirían a muchas mujeres
el acceso a ayudas sociales a las que no acuden, por desconocimiento. Las
acciones sanitarias de tipo preventivo, por ejemplo, o la falta de
información sobre asuntos legales limitan sus posibilidades de acomodación
y dificultan el ejercicio de sus derechos al bienestar.
Dificultades
por el desconocimiento de la lengua
Como
hemos visto anteriormente, las mujeres que emigran a España son de origen
muy variado. Por proximidad lingüística más que cultural, las personas
de Latinoamérica son las más numerosas, pero más del 30% de ellas
proceden de Marruecos y las migraciones procedentes de otros países no
hispanohablantes van en aumento.
La
lengua es vehículo y vínculo. La palabra es poder. En la doble
discriminación de las mujeres inmigrantes, el desconocimiento de la
lengua del país de destino es un obstáculo fundamental para su acomodación
futura. Dentro de la falta de políticas de acogida, queremos destacar la
nula consideración que se merece desde la Administración pública la
enseñanza de la lengua a personas extranjeras. La alfabetización y la
formación suelen estar en manos de colectivos no gubernamentales, de
asociaciones o de centros de voluntariado cuya labor es de admirar. Pero
en la formación de adultas inmigrantes, la enseñanza de la lengua por
profesionales especializados brilla por su ausencia.
Por
otra parte, como ya apuntamos anteriormente, los mecanismos a través de
los cuales se desarrollan las acciones no siempre llegan a los colectivos
de mujeres cuyo aislamiento, obligaciones o impedimentos culturales pueden
ser un obstáculo grave para acudir a los centros de formación, cuya
existencia muchas veces desconocen.
Si
nos referimos a mujeres laboralmente activas (y considerando aparte las
redes de explotación sexual y prostitución) tendremos, además, que
considerar las extensas jornadas de trabajo que desempeñan
fundamentalmente como empleadas de hogar, el cuidado de la familia y las
condiciones de infravivienda que les obliga a compartir casa con otras
muchas personas. Las dificultades que implica la convivencia, la falta de
intimidad y de aislamiento dentro de la propia vivienda o el cansancio
acumulado son otras tantas trabas para que acudan a los centros.

Ideas
clave
Los
cambios sociales que se producen en todas las sociedades por el acceso de
la mujer a la educación, los procesos de urbanización, por las
crecientes globalización de las comunicaciones y de la información, así
como el cambio de valores está empujando a cada vez mayor número de
mujeres a inmigrar.
Los
motivos del proyecto migratorio femenino ya no se basan exclusivamente en
la complementariedad de la emigración masculina: cada vez un mayor número
de mujeres inicia por su cuenta el proyecto migratorio con el fin de
lograr una mayor independencia, escapar de las normas a las que se ven
sometidas en algunos de sus países de origen, como matrimonios
convenidos, repudio, violencia de género, o simplemente normas morales y
religiosas que la cohíben en su proyecto de vida.
El
colectivo de mujeres inmigrantes es tan heterogéneo como las sociedades
de las que forman parte. No puede existir una mirada única, sino
diversificada y alejada de estereotipos.
No
todas las mujeres son sujetos de prácticas tradicionales. Cada historia
de vida es única y forma parte de un proyecto individual de progreso
personal.
Los
espacios de participación laboral admitidos para las mujeres inmigrantes
son extremadamente reducidos: servicio doméstico, asistencia domiciliaria
a personas dependientes (niños/as, enfermos/as, ancianos/as) y hostelería
son las ocupaciones que en Europa se reservan para este colectivo.
Uno
de los termas públicamente más comentado es el aumento de redes de
prostitución que se están extendiendo por todo el mundo. Lo más
terrible de está situación es que se convierta en una vía de
“incorporación” a los países de acogida. La situación de miles de
mujeres condenadas a trabajar como prostitutas por extorsiones, deudas
contraídas o como única forma de supervivencia, es una realidad que está
siendo denunciada como moderno fenómeno de esclavitud y que se acrecienta
día a día sin que se estén tomando las medidas oportunas.
El
hecho migratorio femenino se ve alentado por las nuevas relaciones de género
en los países de acogida. Las mujeres europeas que trabajan fuera del
hogar se encuentran con una doble jornada laboral difícil de sostener. El
envejecimiento de la población, el retroceso o ausencia de políticas
sociales y la lenta toma de conciencia de la importancia de la
corresponsabilidad por parte de los hombres son algunos de los factores
causantes de la fuerte demanda de trabajadoras extranjeras. Como
consecuencia, detrás de una mujer que trabaja fuera del hogar hay otra
mujer que ocupa su lugar en las tareas domésticas.
Discriminación
legal
Las
deficiencias legales basadas en una percepción masculina de las
migraciones o, simplemente, el desconocimiento real de las circunstancias
ligadas a la emigración femenina hacen que, en muchos casos, a las
mujeres que emigran les resulte prácticamente imposible conseguir un
permiso de residencia. Esto les confina en una situación de irregularidad
que les hace más vulnerables al acoso o a la violencia ya que, por
temor a ser expulsadas, no denuncian estas situaciones.
La
Ley de extranjería que recoge el derecho a la reagrupación familiar es
así mismo el paradigma de la vulneración de los derechos de las mujeres
inmigrantes.
El permiso de residencia
les está concedido en tanto que esposas de un inmigrante regularizado en
España.
El
permiso de residencia no supone el permiso de trabajo. Y su renovación
quedará supeditada a la permanencia legal de la mujer con su marido.
En
caso de separación, por motivos de malos tratos por ejemplo, al no
disponer de permiso de trabajo ni poder justificar ingresos suficientes,
podría ser expulsada.
La
intervención de la Administración va más lejos aun, al no reconocer los
derechos de la mujer inmigrante que decidiera separarse de su marido y
optara por una relación de pareja de hecho o por una relación
homosexual.
Esa
acción coercitiva por parte de la Administración de Justicia que liga
los derechos de circulación, residencia y trabajo de las mujeres a su
libertad individual y emocional, las coloca en una situación de desamparo
que supone una clara vulneración de sus derechos fundamentales: la
legislación basada en características circunstanciales -el estatus de la
persona casada-, no en los derechos individuales de la mujer.
Madres
inmigrantes
Las
madres: elemento clave en la socialización de las hijas e hijos pequeños
En
cuanto al rol en la familia de las mujeres inmigrantes, y más
concretamente a su relación con sus hijos e hijas menores, nos
encontramos con una situación algo contradictoria. Tradicionalmente, la
madre sirve de referente afectivo para los hijos. La lengua emocional, por
lo tanto, para sus hijas e hijos pequeños, suele ser la lengua de origen
de la madre, como lo veremos en un capítulo posterior. Sin embargo, la
realidad demuestra que las madres responden con entusiasmo a los programas
de mediación intercultural que desarrollan algunas administraciones
locales, las ONG o las asociaciones que trabajan con inmigrantes.

Son
ellas las que, con más frecuencia, se acercan a los Servicios Sociales, a
los Centros Educativos y Centros de Salud, a pesar de las barreras
culturales o lingüísticas con las que se encuentran.
A
su vez, las hijas e hijos pequeños juegan un papel fundamental en la
incorporación de sus madres a la vida social.
El
aprendizaje del idioma, las distintas actividades interculturales
realizadas en la escuela son, muchas veces, la puerta abierta a una mayor
interacción entre madres inmigrantes y madres autóctonas.
Gracias
a la escolaridad obligatoria, que no hace discriminación entre los hijos
e hijas de inmigrantes regularizados y los que no tienen permiso de
residencia en España, la socialización de los menores se efectúa sin
grandes conflictos, por lo menos en la enseñanza básica. Su adaptación
al medio escolar, la interrelación con el resto del alumnado y los vínculos
de amistad que se van creando fomentan la participación de las familias.
En
muchos casos, son también los niños y niñas los que inician a sus
madres en el idioma, al mismo tiempo que lo van aprendiendo ellos.
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