lilian gish

El "lirio de la pantalla" (1893-1993) retozó durante más de setenta años en el jardín inmemorial de las imágenes: fue y seguirá siendo el rostro de la inocencia -y del cine- que con menos publicidad que otras divas de la época, desplegó un encanto único e irrepetible.

Miss Lillian Gish nació en Ohio, el 14 de octubre de 1893 y a los cinco años debutó en un melodrama teatral, In Convict Stripes, antes de ser bautizada la "primera dama del cine mudo". En 1912 conoció en la Biograph a una jovencita llamada Gladys Smith, rebautizada Mary Pickford, quien le presentó a su guía indiscutido: mr. Griffith. Inmediatamente tuvo una pequeña participación en Un enemigo invisible. Sería ocioso citar las decenas de film breves que Lillian rodó con su promotor: basta recordar El nacimiento de una nación (1915), Judith de Bethulia, Las hermanitas, Corazones del mundo, y, fundamentalmente, Pimpollos rotos (1919) y Huérfanas de la tempestad (1922).

En 1925 llegó el cine sonoro y la primera víctima fue Gish. Su martirio resultó muy oportuno para Hollywood: como símbolo de pureza radiante, eclipsaba a la nueva sex star. En 1926 existe una crítica feroz a su persona. En Photoplay (junio de 1926) aparece un comentario demoledor sobre el film The Scarlet Letter, dirigida por Víctor Sjostrom: "Lillian Gish sobrelleva la letra roja del pecado con su habitual dulzura virginal". Etiquetada a los treinta y un años como una pieza de museo codiciosa, tonta y asexuada, la gran Lillian abandonó Hollywood casi definitivamente.

Es que la actriz de Griffith fue atacada por un cine sonoro incipiente y demoledor: en ese momento los espectadores se inclinaron por filmes con voces, canciones y ruidos.

La actriz viajó a Nueva York y abrazó su viejo amor: el teatro. Con apariciones esporádicas en cine (Vivir dos vidas, The Top Man, La vida en sus manos, Duelo al sol, El retrato de Jennie, La noche del cazador, Lo que no se perdona)...

Se le concede en 1970 un Oscar honorífico y mantiene alta la imagen de Griffith como pionero a través de una heroica dedicación didáctica: es que la Gish nunca pudo abandonar del todo la cinematografía; formaba su quintaesencia.

A cien años de su nacimiento y a diez de su muerte corporal, Lillian Gish sigue siendo, como en el film Intolerancia (1916) la "madre que mece la cuna eterna" de imágenes también memorables y eternas.