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MARGARITA
SALAS Española
pionera en el ingreso en una Academia Nacional, leyó su discurso en la
Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales en 1988, bajo el
título de “Un nuevo mecanismo de iniciación de la replicación del
DNA mediante proteína terminal”. Margarita
Salas es la viva encarnación de la singularidad, una excepción que
confirma la regla. Una mujer de más de 60 años reconocida mundialmente
como investigadora científica es toda una rareza en nuestro país, un
fruto extraordinario de la difícil época que le tocó vivir. En los años
50, las mujeres, apartadas de los ámbitos del saber y del poder, apenas
podían acceder a la universidad, pero la capacidad de trabajo de
Margarita Salas y su enorme fuerza de voluntad, provechosamente unidos a
la gran categoría humana de los hombres que marcaron su vida,
permitieron a esta mujer insólita decidir su futuro por ella misma. Su
padre, un reconocido psiquiatra que nunca fue el mismo tras la guerra
civil, sufrió el exilio interior y la marginación profesional pero no
quiso aceptar el cruel retroceso que la dictadura supuso en la
emancipación de las mujeres. Margarita, al igual que sus hermanos,
estudió una carrera, en su caso Químicas, “con un fin muy distinto
al de la mayoría de mis escasas compañeras de Campus”, afirma hoy
con ironía, aunque, casualidades de la vida, su compañero de tesis,
Eladio Viñuela, se convirtió en su esposo. Siendo ambos doctores,
iniciaron juntos la carrera científica, pero Severo Ochoa, su maestro,
les separó profesionalmente. Es ya célebre la medida, cargada de
intenciones, adoptada por Ochoa al recibir al matrimonio en Nueva York:
“Estaréis en distintos grupos de trabajo. Si no aprendéis otra cosa,
al menos hablaréis inglés”. A su regreso, continuaron trabajando por
separado: en la España de la época, investigar junto a su marido
hubiera supuesto verse abocada a ser "la mujer de...". Estos
retazos de vida son los antecedentes de la primera mujer de ciencia en
la historia española. Su padre le abrió de par en par la ventana de un
futuro elegido por ella misma pero bien distinto al convencional, su
maestro le ayudó a forjar una fértil y sacrificada carrera científica
y su marido respetó su vocación. Tres pilares, tres hombres
adelantados a su época que, en una sociedad hegemónicamente masculina,
le habilitaron el espacio para que pudiera trazar su propio camino y,
también, escoger sus renuncias vitales. Que fueron muchas en una mujer
comprometida, que defiende los alimentos transgénicos como un
indiscutible avance y que entiende, en una sociedad del ocio como la que
hoy tenemos, la investigación como “un compromiso al que hay
dedicarle el 100% de tu esfuerzo”. Doctora
en Ciencias (1963) por la Universidad Complutense de Madrid. Trabajo
Postdoctoral (1964-1967) en el Departamento de Bioquímica de la
Universidad de Nueva York (director: Severo Ochoa). Profesora
de Genética Molecular de la Facultad de Químicas de la Universidad
Complutense (1968-1992). Profesora de Investigación desde 1974 en el
Centro de Biología Molecular "Severo Ochoa" (CSIC-UAM) y Jefa
de la línea "Replicación y Transcripción del DNA del bacteriófago
ø29". Ha
sido también elegida para ocupar un sillón en la Real Academia de la
Lengua Española, lo cual ella explica así: “Antes de mi toma de
posesión, que se produjo el 4 de junio de este año, asistía como
vocal a una comisión de vocabulario donde se discuten y definen los términos
científicos, los que surgen y los que se adaptan de otras lenguas,
sobre todo de la inglesa. Hay que traducirlos lo mejor que se pueda y
definir el concepto. Ocupar un sillón en la Academia de la Lengua fue
consecuencia de una actividad que ya desarrollaba”. |