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MADAME
DE CHATELET (1706-1749)
Gabrielle Émilie de Breteuil,
marquesa de Châtelet fue una dama francesa que tradujo los
"Principia" de Newton y divulgó los conceptos del cálculo
diferencial e integral en su libro "Las instituciones de la física",
obra en tres volúmenes publicada en 1740. Era
una dama de la alta aristocracia y fácilmente podía haber vivido una
vida inmersa en los placeres superficiales, y no obstante fue una activa
participante en los acontecimientos científicos que hacen de su época,
el siglo de las luces, un periodo excitante. En sus salones, además de
discutir de teatro, literatura, música, filosofía... se polemizaba
sobre los últimos acontecimientos científicos. Mme. de Châtelet, al
traducir y analizar la obra de Newton, propagó sus ideas desde
Inglaterra a la Europa continental. El determinismo científico de
Newton permaneció como idea filosófica hasta mediados del siglo XIX..
Su
vida El
17 de diciembre de 1706 nació Madame de Châtelet, en Saint-Jean-en-Greve,
en Francia, durante el reinado de Luis XIV, y le pusieron el nombre de
Gabrielle-Émilie Le Tonnelier de Breteuil. A
los diecinueve años, el 20 de junio de 1725, unos meses antes de la
boda de Luis XV con María Leszczinska, se casó con Florent Claude, el
marqués de Châtelet-Lamon, miembro de una muy antigua familia de
Lorena, que tenía entonces treinta años. Tuvo tres hijos de los que
vivieron dos, una hija, Françoise Gabrielle Pauline, y un hijo, Florent
Louis Marie, que nació un año después. Después
del nacimiento de su tercer hijo, cuando Émilie tenía 27 años, volvió
a frecuentar la corte. A Émilie siempre le encantó la vida en la
fastuosa corte de Versalles, gozando con las fiestas, la ópera y las
representaciones teatrales. Debido
a su posición Émilie pudo obtener los servicios, como profesores, de
algunos buenos matemáticos como Pierre Louis Moreau de Maupertuis
(1698-1759), que posteriormente alcanzó la fama por su expedición al
Polo Norte para hacer mediciones de la Tierra y demostrar que no era
alargada como defendían los seguidores de Descartes sino que se
achataba por los polos, como Newton había supuesto. Cuando Maupertuis
se fue a la expedición, Mme. de Châtelet, aconsejada por él, recibió
clases de Clairaut, al que llamó “su maestro en geometría y su
iniciador en astronomía”, pues tuvo tanta influencia como Maupertuis
en el pensamiento de Émilie, ya que Clairaut estaba muy dotado como
profesor. Émilie tuvo otro profesor, Koenig, alumno del leibniziano
Wolff, que en 1739 fue a vivir a su casa para darle lecciones de geometría. En
1748 quedó embarazada. Su hija nació el 2 de septiembre de 1749,
cuando ella estaba sentada en su despacho y escribiendo sobre la teoría
de Newton. Todo parecía ir bien, pero ocho días más tarde murió
repentinamente. Su
obra Émilie
había leído, estudiado y anotado las obras de los científicos de su
época. Leía en latín, inglés, francés... y pedía a su librero las
novedades de Inglaterra y Holanda. El periodo entre 1737 y 1739 fue de
acumulación de conocimientos. Estudió las publicaciones de los académicos
para poderlas evaluar, y se dio cuenta de que estaban llenas de
prejuicios. En
1737 la Academia de Ciencias anunció un concurso para el mejor ensayo
científico sobre la naturaleza del fuego y su propagación. Ambos, Émilie
y Voltaire, comenzaron a trabajar y a hacer múltiples experimentos, ponían
el hierro al rojo, lo enfriaban, medían temperaturas y pesaban.
Voltaire estaba preparando un ensayo para presentarlo al concurso. Pero
a las conclusiones a las que llegaban eran diferentes, así que, un mes
antes de que finalizara el plazo para el concurso Émilie decidió
participar también de manera independiente, trabajando en secreto, y
sin poder hacer por ello apenas experimentos. Sólo lo sabía el marqués
de Châtelet. El fallo del jurado no fue para ninguno de los dos sino
que ganó Leonhard Euler. Como premio de consolación consiguieron la
posibilidad de publicar sus trabajos. Esta
memoria sobre el fuego (Dissertation sur la nature et propagation du feu,
1744) constaba de ciento cuarenta páginas, donde mostraba sus estudios
sobre los físicos anteriores. Utilizó en ella sus conocimientos sobre
Leibniz, especialmente la distinción entre fenómenos y propiedades
inseparables de la sustancia. Examinó las propiedades distintivas del
fuego: tender hacia lo alto, antagonismo de la pesadez, igualmente
repartido por todas partes, incapaz de un reposo absoluto... decidió
que era un ser especial, ni espíritu, ni materia, pero no pudo explicar
el origen del fuego. En la segunda parte trató las leyes de la
propagación del fuego para lo que tuvo en cuenta los principios
leibnizianos de las fuerzas vivas. En esta obra había dos ideas
profundas, obtenidas sólo por la reflexión, sin experimentos: tenía
razón al atribuir a la luz y al calor una causa común, y que los rayos
de distintos colores no proporcionan el mismo grado de calor. Fue su
primera publicación, el primer paso al reconocimiento público de su
valía. Se afirma que su trabajo era adelantado para su época. Escribió
Las instituciones de la física, obra en tres volúmenes publicada en
1740 que contiene uno de los capítulos más interesantes sobre cálculo
infinitesimal, y que fue escrita para que su hijo pudiese comprender la
física. No existía ningún libro en francés de física que pudiera
servir para instruir a los jóvenes, y consideraba que era una
disciplina indispensable para comprender el mundo. En el prólogo,
dirigiéndose a su hijo, comentaba las razones que la habían llevado a
escribir el libro, y donde mostraba su pasión por el conocimiento y el
estudio, que intentaba transmitir a su hijo, a la vez que criticaba la
ignorancia, tan común entre las gentes de rango. En
general era un libro fiel a la física newtoniana, pero la filosofía
puramente científica y materialista de Newton no terminaba de
convencerla y reescribió los primeros capítulos acercándose a la
metafísica de Leibniz, explicándola con
profundidad y claridad, ya que consideraba, con una visión impropia de
su época, que ésta podía conjugarse con la física newtoniana. La
marquesa de Châtelet estudió a Descartes, luego a Leibniz y por fín a Newton.
Convencida de muchas de las ideas de Descartes, Leibniz y Newton escribió
su libro intentando explicarlo todo mediante el razonamiento cartesiano.
La idea de que la Ciencia debía basarse en la Metafísica, era de
Descartes, pero Mme. de Châtelet se mostraba en contra de los remolinos
y el éter de los cartesianos. Admiraba las fuerzas vivas de Leibniz, y
sin embargo no comulgaba con las mónadas de las teorías de éste.
Defendía la teoría de la atracción universal de Newton, y sin embargo
no creía como él que Dios, como relojero, tuviera de vez en cuando que
necesitar actuar en el universo, dando cuerda a los relojes. Así supo
aunar en lo principal las teorías de los tres grandes sabios, y sin
embargo estaba en contra de todas las corrientes, porque siempre
encontraba algo en sus teorías con lo que no estaba de acuerdo. Mientras
que sus contemporáneos varones estaban cada uno a favor de sólo uno de
estos sabios y en contra de los otros dos, ella fue la primera en ver lo
positivo de cada uno de ellos e intentar construir una teoría
unificada. Discutió, escribió, polemizó, estuvo en el ojo del huracán
y, sin embargo, la Historia ha tenido tendencia a olvidar sus
aportaciones. Escribió
también un interesante Discurso sobre la felicidad, en el que opinaba
que la felicidad se conseguía con buena salud, los privilegios de
riqueza y posición y también con el estudio, marcándose metas y
luchando por ellas. Escribió que el amor al estudio era más necesario
para la felicidad de las mujeres, ya que era una pasión que hace que la
felicidad dependa únicamente de cada persona, “¡quien dice sabio,
dice feliz!”. Hacia
1745 comenzó a traducir los Philosophiae Naturalis Principia
Mathematica de Newton del latín al francés, con extensos y válidos
comentarios y suplementos que facilitaban mucho la comprensión. Durante
1747 estuvo corrigiendo las pruebas de la traducción, y redactando los
Comentarios. Gracias a este trabajo se pudo leer en Francia esa obra
durante dos siglos, lo que hizo avanzar la Ciencia. Los
Principia de Newton era una obra difícil, llena de figuras y
demostraciones geométricas, por lo que, para traducirla, era preciso
haber estudiado geometría. Newton enunció las famosas leyes de la
gravitación universal con lo que dotó de un nuevo paradigma a la
Ciencia. Cuando
quedó embarazada, el trabajo la distraía de sus preocupaciones.
Llevaba tres años traduciendo y comentando los Principia de Newton.
Este escrito era para ella precioso y esencial. De él iba a depender su
fama futura. Quería tenerlo terminado antes del parto, y quería
hacerlo bien. No tenía tiempo que perder. Cuando murió en 1749 ya
estaba terminado. Su
traducción sobre los Principia de Newton se publicó finalmente en
1759, con un elogioso prefacio de Voltaire. Dicho libro ha continuado
reimprimiéndose hasta la actualidad siendo la única traducción al
francés de los Principia. Los
trabajos de Newton y Leibniz resultaron enormemente difíciles de
entender para sus contemporáneos, más de uno los acusó de ser más
misteriosos que esclarecedores. Por eso, es necesario resaltar la
importancia de aquellas personas, que como Émilie de Breteuil, marquesa
de Châtelet, se ocuparon de estudiarlos y de entenderlos, para
divulgarlos entre sus coetáneos. Émilie estudió primeramente a
Leibniz, tradujo después los Principia de Newton del latín al francés,
y en sus salones los intelectuales de la época discutían sobre las
obras de estos autores. Ya
en su obra Las Instituciones de la física mostraba una voluntad de síntesis
entre los trabajos de ambos autores. Tengamos en cuenta que muchas de
las grandes aportaciones han sido, en ocasiones, más conocidas a través
de recopilaciones y traducciones que por las obras originales de los
propios autores. Comentemos
el escándalo que supuso llevar a Francia entre 1730 y 1740 las teorías
de Newton por Mme. de Châtelet y sus amigos. La teoría de la gravitación
se oponía a la teoría del gran sabio francés Descartes. Implicaba una
visión de la naturaleza y una concepción de la ciencia radicalmente
contrarias. Los cartesianos: Cassini, Mairan, Réaumur rehusaban
reconocer que la Tierra era achatada por los polos a pesar de las
pruebas aportadas. |