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ELIZABETH
BLACKWELL (1831-1910)
Fue
la primer mujer en doctorarse en medicina en Estados Unidos y su hermana
Emily, la primera cirujana. En
1847, cuando contaba con 26 años de edad, tras ser rechazada por doce
universidades, logró la insólita osadía de matricularse en la escuela
de medicina de la universidad de Geneva, situada en el occidente del
estado de Nueva York. La carrera que Elizabeth Blackwell comenzó ese día
la llevó a la pobreza, al ridículo y al ostracismo social; pero también
hizo de ella la pionera que abrió las puertas de las escuelas de
medicina a las mujeres en muchas partes del mundo.
A
pesar de la enorme hostilidad que encontraba en todos los ámbitos,
Elizabeth perseveró en su propósito y en 1849 se graduó a la cabeza
de su clase. Su aspiración era ser cirujana. Como ningún hospital
norteamericano quiso admitirla de prácticas, se fue a ParÍs muy
esperanzada, pero sufrió un duro desengaño, pues los médicos
franceses no reconocieron su diploma. “Matricúlese en la Maternité
y estudie obstetricia”, le aconsejaron. Lo cual hizo. Terminados
sus estudios en Europa, Elizabeth regreso a Nueva York a ejercer su
profesión. Pero ninguna casa de huéspedes respetable la quería
recibir. “Si permito que aquí viva una mujer médica puede haber
una revuelta que arrase mi casa y me deje en la calle”, dijo la
dueña de una pensión neoyorquina: Elizabeth tuvo al fin que comprar
casa propia, con dinero prestado. Un
grupo de señoras cuáqueras fundaron un pequeño dispensario en uno de
los barrios más pobres de Nueva York, poniendo al frente a
Elizabeth, que pronto tuvo abundante clientela, ya que aquella
gente desamparada era demasiado pobre para permitirse el lujo de tener
prejuicios. Sin embargo, cuando salía a visitar enfermos, los
hombres la importunaban en la calle. "Muy duro es vivir haciendo
frente al antagonismo social de toda clase, sin mas propósito que un
propósito elevado”. Su
espíritu activo y emprendedor le condujo a fundar el primer hospital del mundo dirigido enteramente por médicas para
servir a enfermos pobres que vivían apiñados en viviendas miserables,
para los cuales no daban abasto los hospitales municipales. Tal
institución ofrecería a las jóvenes que estudiaban medicina la
oportunidad de recibir la instrucción práctica que otros hospitales
les negaban. Durante seis años trabajó en la pobreza y el aislamiento
profesional, pero su situación comenzó a mejorar cuando un conocido
periódico de Nueva York envió a uno de sus reporteros a entrevistarla,
y un prestigioso médico elogió su labor. Con 10.000 dólares, donados
casi en su totalidad por el famoso predicador Henry Ward Beecher,
Elizabeth, abrió en mayo de 1857 las puertas de la Enfermería de Nueva
York para mujeres y niños, que todavía hoy sigue abierta. Elizabeth
estaba segura de que el sol, los alimentos sanos y abundantes, el aire
fresco y el agua pura, impedirían muchas enfermedades y ayudarían a
curar otras que los médicos trataban de curar con remedios
desagradables. Nombró a la doctora Rachel Cole, una de sus compañeras
en la dirección de la enfermería, visitadora sanitaria. La doctora
Cole, primera mujer de color que se graduó de medicina en los Estados
Unidos, enseñaba a las madres inmigrantes el modo apropiado de
alimentar a sus niños de tierna edad, así como las virtudes del jabón,
el aire fresco y la luz del sol. Su labor inició el sistema moderno de
las enfermeras visitadoras. En
1867 ya Elizabeth había establecido una escuela
de medicina para mujeres, unida a la enfermería. La fama de la
escuela se fue extendiendo por todo el mundo. Un día recibió Elizabeth
la visita de un emisario del zar de Rusia que deseaba visitar la
institución. Veinticinco señoritas rusas que habían leído la obra de
la doctora Blackwell pedían admisión en las escuelas de medicina de
San Petersburgo. Se supo luego que una joven había empezado a estudiar
medicina en una escuela de Argel. Poco después se recibió una carta
del gobierno sueco que pedía información, a causa de que en Estocolmo
había quince mujeres que querían estudiar medicina. En
Inglaterra, sin embargo, a las mujeres que deseaban estudiar medicina aún
se les hacía una fuerte oposición. Elizabeth fue a ayudarlas, dejando
el hospital y la escuela en manos competentes. Pocos meses después de
su llegada, la oposición pasó de la censura a la violencia. A siete
muchachas llamadas en la prensa “las siete sinvergüenzas”,
que se habían atrevido a matricularse en la escuela de medicina de la
Universidad de Edimburgo, los enfurecidos estudiantes les atacaron y les
lanzaron barro. Hubo una investigación seguida de expulsiones; pero los
expulsados no fueron los estudiantes alborotadores y agresivos, sino las
mujeres. “Funden
ustedes mismas una escuela de medicina”,
fue el consejo de Elizabeth. Ella les ayudó a conseguir el
dinero y a formar el plan de estudios para la Escuela
Londinense de Medicina para Mujeres, institución en que aún cursan
estudios alumnas de muchas partes del mundo.
Para
difundir sus ideas sobre la prevención de las enfermedades, fundó la
Sociedad Nacional de la Salud, a la cual puso por lema: “Es mejor
prevenir que curar”. Cuando
dio una serie de conferencias a los obreros de Londres, su exposición
fue tergiversada por ciertos patronos que no querían que sus
trabajadores se sintieran descontentos de las condiciones en que vivían,
y la prensa le injurió con ataques calumniosos. Esto, naturalmente, no
le amedrentó, y tuvo la satisfacción de ver la enseñanza de la
higiene establecida en todas las escuelas públicas de Inglaterra.
Escribió
acerca de los sufrimientos de los obreros de las fabricas de fósforos,
constantemente amenazados de muerte por los vapores venenosos; de los
traperos, expuestos a un sinnúmero de contagios; de los trabajadores de
las fabricas de ropa, encerrados durante largas jornadas en cuartos sin
ventilación. Iba
a la vanguardia en la lucha por el seguro contra la enfermedad y la
vejez, por el mejoramiento de las viviendas de los pobres, por las
cooperativas para disminuir el precio de los víveres. Se atrajo de
nuevo la censura y los improperios de los fariseos y escandalizadores
escribiendo sobre las enfermedades venéreas, asunto que los
facultativos de entonces rara vez se atrevían a tratar ni aún en las
revistas medicas. Falleció
en 1910, a los 89 años de edad, habiendo realizado su sueño de abrir
la puerta de la profesión médica a las mujeres. |