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La
mujer en el Antiguo Régimen
"Durante
el Antiguo Régimen, el concepto que se tenía de la mujer y de su
papel social sufrió importantes modificaciones. Las nuevas
pautas, introducidas en el siglo XVI a partir del humanismo
cristiano propugnado por Erasmo
de Rotterdam, no rompieron del todo con la misoginia heredada
de los tiempos medievales. Si bien encontramos mujeres humanistas,
cultas e independientes, como Doña Mencía de Mendoza,
el cometido de la mujer es fundamentalmente doméstico”.
“Tres son sus funciones básicas: ser buena madre y esposa,
ordenar el trabajo doméstico, y perpetuar la especie humana. Fray
Luis de León en su obra La
Perfecta Casada recoge la doctrina del Concilio de Trento y
traza el perfil ideal de la mujer: modesta, recatada, obediente,
sacrificada, defensora del propio honor y del familiar, educadora
de los hijos, etc. Pero este perfil no era del todo real. En la
España del XVII eran corrientes las relaciones prematrimoniales,
y como no se contraía matrimonio por amor, abundaban el
adulterio, los hijos bastardos y el aborto."

Continuando
con la Historia del Feminismo
Premoderno hay que considerar que El
Renacimiento trajo consigo un nuevo paradigma humano, el de autonomía, pero no se
extendió a las mujeres. El solapamiento de lo humano con los
varones permite la apariencia de universalidad del "ideal de
hombre renacentista".
Sin embargo, el culto renacentista a la gracia, la
belleza, el ingenio y la inteligencia sí tuvo alguna consecuencia
para las mujeres. La importancia de la educación generó
numerosos tratados pedagógicos y abrió un debate sobre la
naturaleza y deberes de los sexos.
Un importante precedente y un hito en la polémica
feminista había sido la obra de Christine
de Pisan, La ciudad de las damas (1405).
Pisan ataca el discurso de la inferioridad de las mujeres y ofrece
una alternativa a su situación, pero, como certeramente indica
Alicia H. Puleo, no hay que confundir estas obras reivindicativas
con un género apologético también cultivado en el Renacimiento
y destinado a agradar a las damas mecenas. Este género utiliza un
discurso de la excelencia en que elogia la superioridad de las
mujeres -"el vicio es masculino, la virtud femenina"- y
confecciona catálogos de mujeres excepcionales.
Así por ejemplo, el tratado que Agripa de
Nettesheim dedica a la regente de los Países Bajos en 1510, De
nobilitate et praecellentia foeminei sexus. A pesar de las
diferencias entre los tratados, habrá que esperar al siglo XVII
para la formulación de igualdad.
La
cultura y la educación eran entonces un bien demasiado escaso y,
lógicamente, fueron de otra índole las acciones que involucraron
a más mujeres y provocaron mayor represión: la relación de las
mujeres con numerosas herejías como las milenaristas. Guillermine de Bohemia, a fines del siglo XIII, afirmaba
que la redención de Cristo no había alcanzado a la mujer, y que
Eva aún no había sido salvada. Creó una
iglesia de mujeres a la que acudían tanto mujeres del pueblo
como burguesas y aristócratas. La secta fue denunciada por la
inquisición a comienzos del siglo XIV.
Aunque las posiciones de las doctrinas heréticas
sobre la naturaleza y la posición de la mujer eran muy confusas,
les conferían una dignidad y un escape emocional e intelectual
que difícilmente podían encontrar en otro espacio público. El
movimiento de renovación religiosa que fue la Reforma protestante
significó la posibilidad de un cambio en el estado de la polémica.
Al afirmar la primacía de la conciencia-individuo y el sacerdocio
universal de todos los verdaderos creyentes frente a la relación
jerárquica con Dios, abría de par en par las puertas al
interrogante femenino: ¿por qué nosotras no?
Paradójicamente el protestantismo acabó reforzando
la autoridad patriarcal, ya que se necesitaba un sustituto para la
debilitada autoridad del sacerdote y del rey. Por mucho que la
Reforma supusiese una mayor dignificación del papel de la
mujer-esposa-compañera, el padre se convertía en el nuevo e
inapelable intérprete de las Escrituras, dios-rey del hogar.
Sin embargo, y como ya sucediera con las herejías
medievales y renacentistas, la propia lógica de estas tesis llevó
a la formación de grupos más radicales. Especialmente en
Inglaterra, la pujanza del movimiento puritano, ya a mediados del
siglo XVII, dio lugar a algunas sectas que, como los cuáqueros,
desafiaron claramente la prohibición del apóstol Pablo. Estas
sectas incluyeron a las mujeres como predicadoras y admitían que
el espíritu pudiese expresarse a través de ellas.
Algunas mujeres encontraron una interesante vía
para desplegar su individualidad: "El espíritu podía
inducir a una mujer al celibato, o a fiar el derecho de su marido
a gobernar la conciencia de ella, o bien indicarle dónde debía
rendir culto. Los espíritus tenían poca consideración por el
respeto debido al patriarcado terrenal; sólo reconocían el poder
de Dios". Entonces se las acusó de pactar con el demonio.
Las frecuentes acusaciones
de brujería contra las mujeres individualistas a lo largo de
estos siglos, y su consiguiente quema, fue el justo contrapeso
"divino" a quienes desafiaban el poder patriarcal.
En la
Francia
del siglo XVII, los salones comenzaban su andadura como espacio público capaz de
generar nuevas normas y valores sociales. En los salones, las
mujeres tenían una notable presencia y protagonizaron el
movimiento literario y social conocido como preciosismo.
Las preciosas, que declaran preferir la aristocracia del espíritu
a la de la sangre, revitalizaron la lengua francesa e impusieron
nuevos estilos amorosos; establecieron pues sus normativas en un
terreno en el que las mujeres rara vez habían decidido.
Para Oliva Blanco, la especificidad de la aportación
de los salones del XVII al feminismo radica en que "gracias a
ellos la 'querelle féministe'
deja de ser coto privado de teólogos y moralistas y pasa a ser un
tema de opinión pública". Sin embargo, tal y como sucedía
con la Ilustración sofística, seguramente hoy se conoce mejor la
reacción patriarcal a este fenómeno, reacción bien simbolizada
en obras tan espeluznantemente misóginas como Las mujeres sabias de Molière
y La culta latiniparla
de Quevedo.
2.
Feminismo Moderno
a)
Las raíces ilustradas y la Revolución Francesa
Diferentes autoras, como Geneviève Fraisse y Celia
Amorós, han coincidido en señalar la obra del filósofo
cartesiano Poulain de la
Barre y los movimientos de mujeres y feministas que tuvieron
lugar durante la Revolución Francesa como dos momentos clave -teórico
uno, práctico el otro- en la articulación del feminismo moderno.
Así, en el texto de Poulain de la Barre titulado Sobre
la igualdad de los sexos y publicado en 1673 -en pleno auge del
movimiento de preciosas- sería
la primera obra feminista que se centra explícitamente en
fundamentar la demanda de igualdad sexual. Fraisse ha señalado
que con esta obra estaríamos asistiendo a un verdadero cambio en
el estatuto epistemológico de la controversia o "guerra
entre los sexos": "la comparación entre el hombre y la
mujer abandona el centro del debate, y se hace posible una reflexión
sobre la igualdad".
Por su parte,
Amorós encuadra la obra de Poulain en el contexto más
amplio de la Ilustración. Aun reconociendo el carácter pionero y
específico de la obra, ésta forma parte de un continuo feminista
que se caracteriza por radicalizar o universalizar la lógica de
la razón, racionalista primero e ilustrada después.
Asimismo, mantiene que el feminismo como cuerpo
coherente de vindicaciones y como proyecto político capaz de
constituir un sujeto revolucionario colectivo, sólo puede
articularse teóricamente a partir de premisas ilustradas:
premisas que afirman que todos los hombres nacen libres e iguales
y, por tanto, con los mismos derechos. Aun cuando las mujeres
queden inicialmente fuera del proyecto igualatorio -tal y como
sucedió en la susodicha Francia revolucionaria y en todas las
democracias del siglo XIX y buena parte del XX-, la demanda de
universalidad que caracteriza a la razón ilustrada puede ser
utilizada para irracionalizar sus usos interesados e ilegítimos,
en este caso patriarcales.
En este sentido, afirma que el feminismo supone la efectiva radicalización de proyecto igualitario
ilustrado. La razón ilustrada, razón fundamentalmente crítica,
posee la capacidad de volver sobre sí misma y detectar sus
propias contradicciones. Y así la utilizaron las mujeres de la
Revolución Francesa cuando observaron con estupor
cómo el nuevo Estado
revolucionario no encontraba contradicción alguna en pregonar a
los cuatro vientos la igualdad universal y dejar sin derechos
civiles y políticos a todas las mujeres.
En la Revolución
Francesa veremos aparecer no sólo el fuerte protagonismo de
las mujeres en los sucesos revolucionarios, sino la aparición de
las más contundentes demandas de igualdad sexual. La convocatoria
de los Estados Generales por parte de Luis XVI se constituyó en
el prólogo de la revolución. Los tres estados -nobleza, clero y
pueblo- se reunieron a redactar sus quejas para presentarlas al
rey. Las mujeres quedaron excluidas, y comenzaron a redactar sus
propios "cahiers
de doléance". Con ellos, las mujeres, que se
autodenominaron "el
tercer Estado del tercer Estado", mostraron su clara
conciencia de colectivo oprimido y del carácter "interestamental"
de su opresión.
Tres meses después de la toma de la Bastilla, las mujeres
parisinas protagonizaron la crucial marcha hacia Versalles, y
trasladaron al rey a París, donde le sería más difícil evadir
los grandes problemas del pueblo. Como comenta Paule-Marie
Duhet, en su obra Las
mujeres y la Revolución, una vez que las mujeres habían
sentado el precedente de iniciar un movimiento popular armado, no
iban a cejar en su afán de no ser retiradas de la vida política.
Pronto se formaron clubes
de mujeres, en los que plasmaron efectivamente su voluntad de
participación. Uno de los más importantes y radicales fue el
dirigido por Claire
Lecombe y Pauline
Léon: la Société Républicaine Révolutionnaire.
Impulsadas por su auténtico protagonismo y el reconocimiento público
del mismo, otras mujeres como Théroigne de Méricourt
no dudaron en defender y ejercer el derecho a formar parte del ejército.
Sin embargo, pronto se comprobó que una cosa era
que la República agradeciese y condecorase a las mujeres por los
servicios prestados y otra que estuviera dispuesta a reconocerles
otra función que la de madres y esposas (de los ciudadanos). En
consecuencia, fue desestimada la petición de Condorcet de
que la nueva República educase igualmente a las mujeres y los
varones,
y la misma suerte corrió uno de los mejores alegatos feministas
de la época, su escrito de 1790 Sobre
la admisión de las mujeres al derecho de ciudadanía.
Seguramente uno de los momentos más lúcidos en la
paulatina toma de conciencia feminista de las mujeres está en la Declaración
de los derechos de la mujer y la ciudadana, en 1791. Su
autora fue Olympe de Gouges,
una mujer del pueblo y de tendencias políticas moderadas, que
dedicó la declaración a la reina María Antonieta, con quien
finalmente compartiría un mismo destino bajo la guillotina. Este
es su veredicto sobre el hombre:
"Extraño, ciego, hinchado de ciencias y degenerado, en
este siglo de luces y de sagacidad, en la ignorancia más crasa,
quiere mandar como un déspota sobre un sexo que recibió todas
las facultades intelectuales y pretende gozar de la revolución y
reclamar sus derechos a la igualdad, para decirlo de una vez por
todas".
En 1792, la inglesa
Mary Wollstonecraft redactará en pocas semanas la célebre Vindicación
de los derechos de la mujer. Las mujeres habían comenzado
exponiendo sus reivindicaciones en los cuadernos de quejas y
terminan afirmando orgullosamente sus derechos.
La transformación respecto a los siglos anteriores,
como acertadamente ha sintetizado Fraisse, significa el paso del gesto individual al movimiento colectivo: la querella es
llevada a la plaza pública y toma la forma de un debate democrático:
se convierte por vez
primera de forma explícita en una cuestión política.
Sin embargo, la Revolución Francesa supuso una amarga y seguramente inesperada, derrota
para el feminismo. Los clubes de mujeres fueron cerrados por
los jacobinos en 1793, y en 1794 se prohibió explícitamente la
presencia de mujeres en cualquier tipo de actividad política. Las
que se habían significado en su participación política, fuese
cual fuese su adscripción ideológica, compartieron el mismo
final: la guillotina o el
exilio.
Las más lúgubres predicciones se habían cumplido
ampliamente: las mujeres no podían subir a la tribuna, pero sí
al cadalso. ¿Cuál era su falta? La prensa revolucionaria de la
época lo explica muy claramente: habían
transgredido las leyes de la naturaleza abjurando su destino
de madres y esposas, queriendo ser "hombres de Estado". El
nuevo código civil napoleónico, cuya extraordinaria
influencia ha llegado prácticamente a nuestros días, se
encargaría de plasmar legalmente dicha "ley natural".
b)
Feminismo decimonónico
En el siglo XIX, el siglo de los grandes movimientos
sociales emancipatorios, el feminismo
aparece, por primera vez, como un movimiento social de carácter
internacional, con una identidad autónoma teórica y
organizativa. Además, ocupará un lugar importante en el seno de
los otros grandes movimientos sociales, los diferentes socialismos
y el anarquismo.
Estos movimientos heredaron en buena medida las
demandas igualitarias de la Ilustración, pero surgieron para dar
respuesta a los acuciantes problemas que estaban generando la
revolución industrial y el capitalismo. El desarrollo de las
democracias censitarias y el decisivo hecho de la industrialización
suscitaron enormes expectativas respecto al progreso de la
humanidad, y se llegó a pensar que el fin de la escasez material
estaba cercano.
Sin embargo, estas esperanzas chocaron frontalmente
con la realidad. Por un lado, a las mujeres se les negaban los
derechos civiles y políticos más básicos, segando de sus vidas
cualquier atisbo de autonomía personal. Por otro, el proletariado
-y lógicamente las mujeres proletarias- quedaba totalmente al
margen de la riqueza producida por la industria, y su situación
de degradación y miseria se convirtió en uno de los hechos más
sangrantes del nuevo orden social. Estas contradicciones fueron el
caldo de cultivo de las teorías emancipadoras y los movimientos
sociales del XIX.
c)
El movimiento sufragista
Como se señala habitualmente, el capitalismo
alteró las relaciones entre los sexos. El nuevo sistema económico
incorporó masivamente a las mujeres proletarias al trabajo
industrial -mano de obra más barata y sumisa que los varones-,
pero, en la burguesía, la clase social ascendente, se dio el fenómeno
contrario.
Las mujeres quedaron enclaustradas en un hogar que
era, cada vez más, símbolo del status y éxito laboral del varón.
Las mujeres, mayormente las de burguesía media, experimentaban
con creciente indignación su situación
de propiedad legal de sus maridos y
su marginación de la educación y las profesiones liberales,
marginación que, en muchas ocasiones, las conducía
inevitablemente, si no
contraían matrimonio, a la pobreza.
En este contexto, las mujeres comenzaron a
organizarse en torno a la reivindicación
del derecho al sufragio, lo que explica su denominación como
sufragistas. Esto no debe
entenderse nunca en el sentido de que ésa fuese su única
reivindicación. Muy al contrario, las sufragistas luchaban
por la igualdad en todos los terrenos apelando a la auténtica
universalización de los valores democráticos y liberales. Sin
embargo, y desde un punto de vista estratégico, consideraban que,
una vez conseguido el voto
y el acceso al parlamento, podrían comenzar a cambiar el resto de
las leyes e instituciones. Además, el voto era un medio de
unir a mujeres de opiniones políticas muy diferentes. Su
movimiento era de carácter
interclasista, pues consideraban que todas las mujeres sufrían en
cuanto mujeres, e independientemente de su clase social,
discriminaciones semejantes.
En
Estados
Unidos, el movimiento sufragista estuvo inicialmente muy relacionado con el
movimiento abolicionista. Gran número de mujeres unieron sus
fuerzas para combatir en la lucha contra la esclavitud y, como señala
Sheyla Rowbotham, no sólo aprendieron a organizarse, sino a
observar las similitudes de su situación con la de esclavitud.
En 1848, en el Estado de Nueva York, se aprobó la Declaración de Seneca Falls, uno de los textos fundacionales del sufragismo. Los argumentos que
se utilizan para vindicar la igualdad de los sexos son de corte
ilustrado: apelan a la ley
natural como fuente de derechos para toda la especie humana, y
a la razón y al buen sentido de la humanidad como armas contra el
prejuicio y la costumbre.
También cabe señalar de nuevo la importancia del
trasfondo individualista de la religión protestante; como ha señalado
Richard Evans: "La creencia protestante en el derecho de
todos los hombres y mujeres a trabajar individualmente por su
propia salvación proporcionaría una seguridad indispensable, y a
menudo realmente una auténtica inspiración, a muchas, si no a
casi todas las luchadoras de las campañas feministas del siglo
XIX". Elizabeth
Cady Stanton, la autora de La
Biblia de las mujeres, y Susan B. Anthony,
fueron dos de las más significativas sufragistas estadounidenses.
En Europa, el movimiento
sufragista inglés fue el más potente y radical. Desde 1866,
en que el diputado John
Stuart Mill, autor de La
sujeción de la mujer, presentó la primera petición a favor
del voto femenino en el Parlamento, no dejaron de sucederse
iniciativas políticas.
Sin embargo, los esfuerzos dirigidos a convencer y
persuadir a los políticos de la legitimidad de los derechos políticos
de las mujeres provocaban burlas e indiferencia. En consecuencia,
el movimiento sufragista dirigió su estrategia a acciones más
radicales. Aunque, como bien ha matizado Rowbotham: "las tácticas
militantes de la Unión habían nacido de la desesperación, después
de años de paciente constitucionalismo". Las sufragistas fueron
encarceladas, protagonizaron huelgas de hambre y alguna encontró
la muerte defendiendo su máxima: "votos para las
mujeres". Tendría que pasar la Primera Guerra Mundial y
llegar el año 1928 para que las mujeres inglesas pudiesen votar
en igualdad de condiciones.
d)
El feminismo socialista
El socialismo como corriente de pensamiento siempre
ha tenido en cuenta la situación de las mujeres a la hora de
analizar lo sociedad y proyectar el futuro. Esto no significa que
el socialismo sea necesariamente feminista, sino que en el siglo
XIX comenzaba a resultar difícil abanderar proyectos igualitarios
radicales sin tener en cuenta a la mitad de la humanidad.
Los socialistas utópicos fueron los primeros en
abordar el tema de la mujer. El nervio de su pensamiento, como el
de todo socialismo, arranca de la miserable situación económica
y social en que vivía la clase trabajadora. En general, proponen
la vuelta a pequeñas comunidades en que pueda existir cierta
autogestión -los falansterios de Fourier- y se desarrolle la cooperación humana en un régimen de
igualdad que afecte también a los sexos. Sin embargo, y a pesar
de reconocer la necesidad de independencia económica de las
mujeres, a veces no fueron lo suficientemente críticos con la
división sexual del trabajo.
Aun así, su rechazo a la sujeción de las mujeres
tuvo gran impacto social, y la tesis de Fourier de que la situación de las mujeres era el indicador clave del nivel de progreso y
civilización de una sociedad fue literalmente asumida por el
socialismo posterior.
Flora
Tristán en su obra Unión obrera (1843) dedica un capítulo a exponer la situación
de las mujeres. Tristán mantiene que "todas
las desgracias del mundo provienen del olvido y el desprecio que
hasta hoy se ha hecho de los derechos naturales e imprescriptibles
del ser mujer". En sus proyectos de reforma, la educación
de las mujeres resulta crucial para el progreso de las clases
trabajadoras, aunque, eso sí, debido a la influencia que como
madres, hijas, esposas, etc., tienen sobre los varones. Para Tristán,
las mujeres "lo son
todo en la vida del obrero", lo que no deja de suponer
una acrítica asunción de la división sexual del trabajo. Desde
otro punto de vista, entre los seguidores de Saint-Simon
y Owen cundió la idea de que el poder espiritual de los varones se
había agotado y la salvación de la sociedad sólo podía
proceder de lo "femenino". En algunos grupos, incluso,
se inició la búsqueda de un nuevo mesías femenino.
Tal vez la aportación más específica del socialismo
utópico resida en la gran importancia que concedían a la
transformación de la institución familiar. Condenaban la
doble moral y consideraban el celibato y el matrimonio indisoluble
como instituciones represoras y causa de injusticia e infelicidad.
De hecho, como señalara en su día John Stuart Mill, a ellos cabe
el honor de haber abordado sin prejuicios temas con los que no se
atrevían otros reformadores sociales de la época.
e)
Socialismo marxista
A mediados del siglo XIX comenzó a imponerse en el
movimiento obrero el socialismo de inspiración marxista o
"científico". El marxismo articuló la llamada "cuestión femenina" en su teoría general de la historia
y ofreció una nueva
explicación del origen de la opresión de las mujeres y una
nueva estrategia para su emancipación.
Tal y como desarrolló Friedrich Engels en El
origen de la familia, la propiedad privada y el Estado,
obra publicada en 1884, el origen de la sujeción de las mujeres
no estaría en causas biológicas -la capacidad reproductora o la
constitución física- sino sociales. En concreto, en la aparición
de la propiedad privada y la exclusión de las mujeres de la
esfera de la producción social. En consecuencia, de este análisis
se sigue que la emancipación de las mujeres irá ligada a su retorno a la producción y
a la independencia económica.
Este análisis, por el que se apoyaba la incorporación
de las mujeres a la producción, no dejó de tener numerosos
detractores en el propio ámbito socialista. Se utilizaban
diferentes argumentos para oponerse al trabajo asalariado de las
mujeres: la necesidad de proteger a las obreras de la
sobreexplotación de que eran objeto, el elevado índice de
abortos y mortalidad infantil, el aumento del desempleo masculino,
el descenso de los salarios... Pero como señaló Auguste
Bebel en su célebre obra La mujer y el socialismo, también se debía a que, a pesar de
la teoría, no todos los socialistas apoyaban la igualdad de los
sexos:
“No se crea que todos los socialistas sean
emancipadores de la mujer; los hay para quienes la mujer
emancipada es tan antipática como el socialismo para los
capitalistas”.
Por otro lado, el socialismo insistía en las
diferencias que separaban a las mujeres de las distintas clases
sociales. Así, aunque las socialistas apoyaban
tácticamente las demandas sufragistas, también las consideraban
enemigas de clase y las acusaban de olvidar la situación de las
proletarias, lo que provocaba la desunión de los movimientos.
Además, la relativamente poderosa infraestructura con que
contaban las feministas burguesas y la fuerza de su mensaje calaba
en las obreras llevándolas a su lado. Lógicamente, una de las
tareas de las socialistas fue la de romper esa alianza.
Alejandra Kollontai, bolchevique y feminista, relata en sus Memorias
algunas de sus estrategias desde la clandestinidad. En diciembre
de 1908 tuvo lugar en San Petersburgo, y convocado por las
feministas "burguesas", el Primer
Congreso Femenino de todas las Rusias.
Kollontai no pudo asistir, porque pesaba una orden
de detención sobre ella, pero pudo preparar la intervención de
un grupo de obreras. Estas tomaron la palabra para señalar la
especificidad de la problemática de las mujeres trabajadoras, y
cuando se propuso la creación de un centro femenino
interclasista, abandonaron ostentosamente el congreso.
Sin embargo, y a pesar de sus lógicos
enfrentamientos con las sufragistas, existen numerosos testimonios
del dilema que les presentaba a las mujeres socialistas. Aunque
suscribían la tesis de que la emancipación de las mujeres era
imposible en el capitalismo -explotación laboral, desempleo crónico,
doble jornada, etc.- eran conscientes de que para sus camaradas y para la dirección del
partido la "cuestión femenina" no era precisamente
prioritaria. Más bien se la consideraba una mera cuestión de
superestructura, que se solucionaría automáticamente con la
socialización de los medios de producción, y, en el peor de los
casos, "una desviación peligrosa hacia el feminismo".
Esto no impidió que las mujeres socialistas se
organizaran dentro de sus propios partidos; se reunían para
discutir sus problemas específicos y crearon, a pesar de que la
ley les prohibía afiliarse a partidos, organizaciones femeninas.
Los cimientos de un movimiento socialista femenino
realmente fueron puestos por la alemana Clara Zetkin (1854-1933), quien dirigió la revista femenina Die
Gliechhteit (Igualdad) y llegó a organizar una Conferencia Internacional de Mujeres en 1907.
El socialismo marxista también prestó
atención a la crítica de la familia y la doble moral, y relacionó
la explotación económica y sexual de la mujer.
En este sentido, es imprescindible
remitirse a la obra que Kollontai escribe ya a principios del
siglo XX. Kollontai puso en un primer plano teórico la igualdad
sexual y mostró su interrelación con el triunfo de la revolución
socialista.
Pero también fue ella misma, ministra durante sólo
seis meses en el primer gobierno de Lenin, quien dio la voz de
alarma sobre el rumbo preocupante que iba tomando la revolución
feminista en la Unión Soviética. La igualdad de los sexos se había
establecido por decreto, pero no se tomaban medidas específicas,
tal y como ella postulaba, contra lo que hoy llamaríamos la
ideología patriarcal.
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